Parque de los Mártires, 1965. Infanta y San lazaro (III)

Durante 1963 en el congreso de la UIA en La Habana, se había convocado un concurso para el monumento a la invasión de Playa Girón, obteniendo el primer premio un equipo polaco – obra que nunca se materializó –, cuya expresión brutalista y abstracta poco tenía que ver con las representaciones figurativas realistas erigidas en el mundo socialista (Roberto Segre, Diez años de arquitectura en Cuba revolucionaria), y que sin duda constituyó en referencia obligada en la concreción posterior de conjuntos simbólicos de la arquitectura cubana.

El parque de los mártires de Mario Coyula, Emilio Escobar, Sonia Domínguez y Armando Hernández, convierte el espacio en símbolo, a pocos metros de la colina universitaria y testigo de muchas de las luchas estudiantiles, es un lugar para comprender. La expresión está resumida en muro continuo que se curva, se fragmenta, se desmaterializa y recupera la integridad volumétrica, lanzándose hacia lo alto. El parque ha dejado de envolver al monumento para convertirse el mismo en un símbolo.

Mario Coyula dice:

En 1965 participé junto a otros tres amigos, Emilio Escobar, Sonia Domínguez y Armando Hernández, en el concurso nacional para el Parque-Monumento a los Mártires Universitarios, en la esquina de Infanta y San Lázaro. Hubo una gran entrada, con más de cien arquitectos y artistas plásticos, movidos por el interés que despertó el tema y el hecho de ser el primer monumento importante que se haría después del triunfo de la Revolución; y tuvimos la suerte de ganarlo. Nos reuníamos por las noches a trabajar en el concurso, porque no recibimos permiso para hacerlo en horario laboral, aunque por el MICONS se presentaron oficialmente dos proyectos dirigidos por Antonio Quintana. El tiempo se nos iba en recordar anécdotas y discutir conceptos, y tuvimos que correr para entregar a tiempo. La lucha en la Universidad, cuando los cuatro estudiábamos en la vieja Escuela de Arquitectura, estaba demasiado cerca; y no era fácil tomar la distancia que se necesita para un proyecto que debe ser algo más que ejercicio formal, anécdota coyuntural o catarsis personal.

Durante la ejecución trabajamos en el lugar por las noches, amarrando con sogas los sacos de yute y papel de bolsas de cemento para hacer las figuras que después se clavaban al encofrado por dentro, para dejar los bajorrelieves. Quisimos romper con la idea convencional de situar un monumento en el centro de una plaza, y en su lugar creamos la plaza con el monumento. Fue una expresión muy dura pero abierta, que demandaba la participación activa de un espectador cuya capacidad intelectual decidimos respetar.

Mirado con el desapasionamiento de una obra que se desprendió de uno hace más de treinta años, duele pensar que en esas tres décadas deberían haber aparecido treinta monumentos mejores. Armando ya no está, pero esos muros de hormigón seguirán por mucho tiempo preocupando, irritando quizás, haciendo pensar siempre.
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