Un Monumento para los contemporáneos. 1965 (II)

A propósito del primer premio, los autores devenidos en destacados profesionales de la arquitectura cubana, describen y reflexionan en 1965 sobre su trabajo:

A partir del primer momento en que recibimos noticias del Concurso, tuvimos por separado la intención de participar en él. Sin embargo, había varias dificultades, principalmente la falta de tiempo y de medios, sobre todo para la ejecución de la maqueta que pedían las bases. La idea de formar el grupo vino de Emilio Escobar: él lo animó y lo sostuvo hasta el final, cuando las discusiones interiores y los contratiempos materiales (varios concursantes ya habían terminado sus proyectos y nosotros aún no habíamos comenzado el trabajo de presentación) hicieron peligrar la participación.

El equipo estaba balanceado, contando con la experiencia de Sonia Domínguez en Áreas Verdes y la de Armando Hernández en Construcciones, y existía gran afinidad entre los cuatro, desde los tiempos de la Universidad. Nos sentíamos movidos por un sentimiento de obligación hacia compañeros de aquella época muertos durante la lucha revolucionaria. El programa del Concurso, con su significado político e histórico, y la misma ubicación del parque (en esa esquina el propio Armando recibió un balazo durante una manifestación), aumentaban el interés en participar. Gran parte del poco tiempo de que disponíamos lo gastamos en conversar y recordar anécdotas de la Universidad, y es posible que ese trabajo de ambientación nos ayudara a encontrar la solución ganadora.

Desde el principio nos propusimos trabajar en una dirección nueva, apartándonos del “parquecito” corriente, con el monumento en el centro: la imagen del general a caballo —rodeado, sin atención, por niños, viejos y palomas— nos perseguía. El fuerte carácter urbano de la zona y la expresión vigorosa de la lucha estudiantil nos planteaba una contradicción con la necesidad física de sombra y área verde, y ésta a su vez acercaba el peligro de caer en el rinconcito verde, oasis bucólico, apartado de la vida circundante. El terreno, cercado por fachadas continuas —poco valiosas pero conformadoras de un carácter urbano, bastante uniforme— de edificios desde 3 a 5 plantas, planteaba más bien una plaza que un “parque”. Si además pensamos en la necesidad —expresada por el programa— de proveer un área amplia para concentraciones en fechas de recordación, el planteamiento se vuelve una condicional.

Toda la zona está bajo la influencia de la Universidad, que la domina físicamente en lo alto de la Colina, a menos de 500 metros. La esquina está bien marcada por la intersección de dos calles importantes, anchas y de mucho tránsito, Infanta y San Lázaro. Hay gran movimiento de vehículos, especialmente ómnibus, y menos de peatones: eso implicaba un público que iba a desplazarse principalmente a poca velocidad y con ciertas incomodidades, y había que buscarles un mensaje claro y directo, fácilmente aprehensible. Al mismo tiempo no había que olvidar que se trataba de una zona residencial —y en los planes futuros del Instituto de Planificación Física se mantendrá como tal— dotada de pocos parques, lo que creaba una necesidad de expansión física para los vecinos: espacio para juegos de niños para sentarse a la sombra, caminar, enamorar. - Otro factor condicionante era el tamaño del terreno, y sobre todo, el presupuesto disponible ($60 000), que eliminaban la posibilidad de situar las funciones en áreas separadas, o en distintos niveles.

Durante un tiempo trabajamos en una dirección, que planteaba prácticamente una exposición: la historia se narraba a través de una serie de objetos representativos, incorporados a un elemento continuo: a veces visible y otras desapareciendo, para ser impersonado por el mismo público al desplazarse. Este concepto, que identificaba la continuidad lineal de la lucha en el tiempo y en el espacio, a través de un sistema de formas relacionadas entre sí alrededor de un espacio único, cada una de ellas con significado propio, se mantuvo (con ligeras variaciones), y de él surgió la idea final. En otra solución, se llegaba a una concepción casi teatral, creando un recorrido a través de un espacio definido por muros y a veces techos o pasos superiores. La idea era apartar el “monumento” del uso diario del parque: las personas que iban a distraerse no tenían por qué entrar a la zona de memorial, y ella misma permanecía en silencio, para evitar la repetición gastada del mensaje, la oración diaria - Sólo se animaba, cobrando vida, en las fechas especiales: entonces los objetos se movían, sonaban, se incendiaban y el monumento entero representaba su historia.

Esta proposición, interesante, nos llevó a profundizar en el verdadero fin del monumento: por lo pronto no se trataba de un lugar de peregrinaje alejado de la ciudad, al final de un largo camino; sino de una manzana, 3 760 m2 de terreno rodeados de casas, ómnibus y personas; condiciones que dificultaban la concentración del espectador (a no ser que se planteara ya el espacio cerrado, o sea, el anti-parque). También, y más importante, apareció el problema del lenguaje formal y el peligro de los “ismos”. Podemos pensar que el período insurreccional y los primeros años de a Revolución se mueven en una atmósfera surrealista o existencialista, pero es imposible utilizar un vocabulario restringido a un solo enfoque para expresar todo un proceso que abarca varios períodos históricos, disímiles y además inconcluso. El parque-plaza-exposición era el antimonumento, y en ese sentido planteaba ya abiertamente una interrogante a la necesidad de perpetuarse en el tiempo. Sobre el tema, creo que Sartre ha dicho:
‘Escribo para mis contemporáneos, no me interesa la opinión de la historia”.

El carácter del proyecto, sugerido además por el programa, era esencialmente romántico, y hasta nostálgico: no se trataba de perpetuar un presente triunfante sino de recordar un pasado de sacrificios, y es precisamente el sacrificio —a través de la muerte— lo que da coherencia y continuidad a la colección de mártires (¿por qué no héroes?) pertenecientes a épocas bien distintas, con diferentes ideologías; una mirada atrás, un alto en el camino, y en ese sentido la concepción es convencional. Nuestro proyecto resultó, pues, deliberadamente romántico, como fue la lucha revolucionaria de los estudiantes universitarios. Las formas utilizadas se arraigan en elementos tradicionales universitarios, devienen en símbolos: el paredón de fusilamiento de los estudiantes de Medicina, el muro que rodea la Colina, el ambiente interior del Recinto; el bloque-tribuna de la escalinata de Ciencias, donde se hacían las arengas improvisadas; y finalmente, la calle: ligada desde siempre a la lucha estudiantil y a su forma típica, la manifestación, esta cinta de asfalto, surcada por huellas de pisadas, esteras de tanques y neumáticos de perseguidoras, recordará con su sola presencia (el muro quizás sobraba) el sacrificio de cuatro generaciones de estudiantes universitarios. Caliente y pegajosa, como las propias calles sobre las que muchos cayeron heridos, esa misma molestia deberá mantenerse como un recordatorio: no queremos olvidar.

Fuente: Revista Arquitectura Cuba 335
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