UIA 63 y los 60. Roberto Segre - Parte 4 de 5. (X)

Fernando Salinas era una personalidad diferente, aunque también asumiese a Wright como modelo arquitectónico y se manifestase creativamente, no solo a través de la arquitectura, sino también de la pintura, la escultura y la literatura, manifestaciones en las que incursionaba, casi secretamente. Afable, cordial y locuaz, no era propenso a la vida social, al protagonismo y a las apariciones públicas. Prefería la soledad, la lectura, la televisión y el cinematógrafo, medios de comunicación de los que era apasionado, como buen seguidor de McLuhan. Su admiración por Sullivan radicaba en el vínculo que se establecía entre el genio y la sociedad, entre la obra de arte y su fruición social. En el momento de efectuarse el Congreso, Salinas estaba construyendo las oficinas de la Escuela de Mecanización Agrícola (EMA), en las afueras de La Habana y las viviendas de Manicaragua en Las Villas, intentando equilibrar en sus formas curvas la creatividad formal y espacial con la escasez de recursos y el empleo de elementos estructurales prefabricados. Él sí creía en el progreso científico y tecnológico, pero adecuado a las circunstancias y posibilidades locales. Nunca intentó difundir estas obras entre los asistentes al Congreso, ni llevar a los visitantes a la Casa del Puente, que hubiese permitido comprender su interpretación estética, ecológica, formal y espacial de la identidad cultural cubana. Empeñado en transformar los métodos pedagógicos de la Escuela para dinamizar la libertad creadora de los alumnos, apoyó siempre las iniciativas culturales que se produjeron en su Departamento, y fue incondicional en el apoyo a las modificaciones que impuse en los planes de enseñanza de la historia de la arquitectura. Él creía firmemente en la posibilidad de hacer una arquitectura masiva de calidad, que a la vez fuese representativa de cambios cualitativos en el diseño, con la participación de los actores en todas las escalas de intervención: planificadores, urbanistas, artistas, diseñadores gráficos. Imaginaba que las condiciones establecidas por el socialismo y la superación de las contradicciones existentes en la sociedad capitalista, permitirían materializar la arquitectura nueva, identificada con el hombre nuevo, del que hablara el Che Guevara, al decir Salinas en sus conclusiones como Relator General del Congreso, “transfórmese al hombre y con él se transformará la arquitectura”. Por ello actuó con pasión en las actividades del Congreso, que por primera vez en Cuba, reunió a profesionales de Asia, África y América Latina, para discutir los complejos problemas de las ciudades, las infraestructuras, las viviendas, las villas miseria, que caracterizaban la realidad del llamado Tercer Mundo. Su informe –como siempre ocurría en sus escritos, excesivamente largo–, que resumía los aportes de cada país en las intervenciones urbanas, los planes de viviendas, contenía una introducción poética, culta y programática, que constituyó el documento de base de su pensamiento posterior para definir “la arquitectura revolucionaria del Tercer Mundo”. Constituía el intento de articular la creatividad con la masividad; la invención individual con la “tecnología apropiada” –parafraseando a Cristián Fernández Cox–; tesis expuestas a finales de los años sesenta en diversos artículos y ensayos: Wright era sustituido por Hassan Fathy; Le Corbusier por Nicolás J. Habraken; los planteamientos teóricos de Heidegger por los de Tomás Maldonado. Salinas, tuvo siempre el papel de mediador, de contemporizador entre las corrientes y tendencias extremas. Era apasionado por la docencia y al mismo tiempo imaginaba que el Ministerio de la Construcción, al cual pertenecía, estaría abierto a las propuestas innovadoras, a la creatividad, a la búsqueda de soluciones inéditas para resolver problemas constructivos, de producción y de diseño. Sin embargo, la realidad le obligó a luchar sin cesar para llevar adelante sus ideas, hasta su repentino fallecimiento.

El pensamiento de Salinas por una parte, y la obra de Porro por la otra, abrieron Cuba al mundo a partir del VII Congreso de la UIA. Los delegados de los países europeos, se identificaron con las Escuelas de Arte, representativas del período “romántico” y “surrealista” del socialismo cubano. Por otra parte, los estudiantes de América Latina y los representantes de los países socialistas y de Asia y África, se interesaron en las múltiples obras realizadas en el campo, y en las experiencias constructivas, que se iniciaban con algunos métodos originales de prefabricación y seriación de elementos, propuestas en las que trabajaban diseñadores de prestigio: entre ellos citemos a Fernando Salinas, Hugo D´acosta, el venezolano Fruto Vivas y el español Joaquín Rallo. Experiencias que no prosperaron ante la adopción acrítica de los sistemas de prefabricación pesada provenientes de la URSS. Todos los que participamos de esa batalla inacabable por la arquitectura y el diseño, siempre creímos en el estrecho vínculo entre transformaciones sociales y transformaciones estéticas. Al final, resultaría ingenuo dudar que la vida esté hecha de victorias y derrotas, de alegrías y tristezas, de placeres y amarguras, de talento y mediocridad; pero nos movió sin desfallecer, el convencimiento que los pueblos aspiran al triunfo de la verdad y la belleza, no como un dogma o un dictamen, sino como expresión de libertad de elección y de alternativas posibles acordes con las diversidades sociales y culturales. Por ello, se sigue luchando hoy en el mundo.
(Parte 4. Roberto Segre, “Arquitectura y Urbanismo” vol. XXIV, Nº 3/2003)
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