Rodolfo Fernández Suárez (Fofi), por Mario Glez. Sedeño.

Contra todos los pronósticos de sus amigos, resultó que Fofi no era eterno: falleció en La Habana el 26 de junio de 2003 a la edad de 73 años. Rodolfo Fernández Suárez había nacido en Cueto, antigua provincia de Oriente, el 15 de abril de 1930 y nunca pensamos que fuera a morir. Dentro del mundo del diseño territorial, arquitectónico, paisajístico e interior, ha sido una notable personalidad admirada por todos los que tuvimos el orgullo de conocerlo y conocer su obra profesional. Para referirse a la labor de su vida, hay que empezar por la Facultad de Arquitectura donde se graduó a principios del triunfo de la Revolución. Fue particularmente importante en su formación que coincidiera en el único año en que impartió clases el arquitecto Mario Romañach, y luego trabajara en su oficina de proyectos.

Su vida familiar ha sido fuente de importantes facetas de su personalidad. Perteneció a una familia numerosa y muy unida. Uno de sus hermanos más ligados a él fue el Comandante Narciso Fernández (Tico), ya fallecido, que se ganó los grados peleando en la Sierra Maestra. Pero quizás el familiar más importante para su desarrollo ha sido su esposa Lan, cuyo verdadero nombre es Mirta Gómez Macle, natural del antiguo central Preston, hoy Guatemala, con quien se casó el 10 de junio de 1956 y que constituyó su alter ego, solo tronchado por su muerte 47 años después. Con ella tuvo tres hijos: Ana María, Yuri y Ulises, modelos de jóvenes ciudadanos. No es menos importante que en junio de 1958 se mudara para el apartamento en la Calle C entre 29 y Zapata, en el Vedado, cuyo edificio había sido diseñado precisamente por Mario Romañach, y donde él había participado. Lo estrenó. Allí comenzó una tarea que lo caracterizó de forma destacada como coleccionista de muebles maravillosos, lámparas, pinturas y cerámicas, todo ambientado con áreas verdes, un conjunto de plantas de interiores. Su hermoso apartamento ha constituido un espacio que tradicionalmente ha despertado el interés de especialistas, profesionales y estudiantes, nacionales e internacionales, por admirar ese museo cálido y vital de las artes plásticas.

En 1960 trabajó con los arquitectos Pablo Pérez, Pedro Ortiz y el que estas líneas redacta, en la Erradicación de Barrios Insalubres en el MICONS. También trabajó en Planificación Física, en el Plan Director de La Habana, con los arquitectos Lucho Espinosa, Manolo Reguera, Eduardo Rodríguez y yo. Fue profesor de la Facultad de Arquitectura en mitad de la década del sesenta, en las asignaturas de Fundamentos de la Arquitectura y de Plástica, que dirigían el profesor Joaquín Rallo, y participaban jóvenes profesores como Roberto Gottardi, Mario Coyula y Emilio Escobar. En los años setenta realizó varios proyectos urbanísticos en la propia Facultad e impartió conferencias en temas de paisajismo y áreas verdes dentro de la asignatura de Teoría del Urbanismo, correspondiente al cuarto año de la Especialidad. También fue proyectista de interiores del Palacio de la Revolución cuando este fue remodelado por el Ministerio de la Construcción (MICONS) a mediados de la década del setenta, junto a los arquitectos Antonio Quintana, Joaquín Galbán y otros, y luego trabajó en la Oficina de Proyectos de la calle 11. Su innata vocación por las áreas verdes fue deviniendo en un profundo conocimiento que a su vez le permitió diseñarlas a todas las escalas. Así, desarrolló proyectos de planeamiento territorial y paisajismo en la provincia Habana para Planificación Física, una escala jamás desarrollada en nuestro país; o diseños de jardines exteriores de centros turísticos o administrativos, y hasta el diseño interior en viviendas u oficinas. Lo más notable de esa actividad no es la cantidad y diversidad de los programas, sino la extraordinaria, calidad y belleza dimanantes.

La última oportunidad en que trabajé con Fofi fue en un curso de posgrado sobre Paisajismo y Áreas Verdes que impartimos en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Cali, Colombia, en octubre de 1997. En ese lugar causó honda impresión su conocimiento de la materia, y la calidad y diversidad de las manifestaciones del paisajismo diseñadas por él. ¿Qué decir al final? Porque de Fofi no se puede hablar con tristeza, por el legado que ha dejado en la formación de varias generaciones, por los valiosos ejemplos de sus expresiones artísticas, por su sentido de la vida, que necesariamente la concebía en espacios integralmente hermosos. Sus amigos no nos equivocamos: Fofi no puede morir...

Mario Glez. Sedeño, La Habana, septiembre 2003. (Revista “Arquitectura y Urbanismo”, Vol. XXIV, No. 3/2003)
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