…SIGO A “FOFI”, LLEGO A… (Por Mario Coyula) I

De Alto Cedro voy a Marcané,
sigo a Cueto, llego a Mayarí... Francisco Repilado, Compay Segundo

Cada vez que oigo el Chan-Chan, esa especie de himno itinerante al Oriente Profundo, aparece un cubano elevado al estrellato, ya al final de una muy larga vida, por el filme de un alemán y la guitarra de un estadounidense. Pienso entonces que la globalización no siempre es negativa. En todo caso, es una realidad que no se puede escoger. Y cada vez que oigo mencionar a Cueto, un pueblo del vago entorno holguinero donde nunca he estado y probablemente nunca estaré, pienso en Fofi. El arquitecto Rodolfo Fernández cargó un apodo que amortiguaba su nombre bajo un tumulto de Efes, siguiendo la costumbre oriental de usar el apodo “chiqueao” junto con el apellido: Chichí Mtnez., Cucú Glez. Fofi Fernández. Era la época en que los nombres propios no se habían convertido todavía en acertijos impronunciables, guarnecidos por una o varias Yes, que ahora contaminan los line ups de los equipos de béisbol. La suavidad sugerida por el apodo, el refinamiento de sus proyectos y de sus gustos, y la dulzura en el trato diario que eran típicos de Fofi, podían dar una sensación equivocada de blandura a cualquiera que no hubiese convivido con la tenacidad, empuje y ocasionales erupciones de rabia frente a chapucerías y arbitrariedades de este hombre que se movió, sin esfuerzo aparente, por distintas escalas del diseño, desde el territorio hasta el mueble, pasando por el paisajismo, la arquitectura y el diseño urbano.

Cuando murió a los 73 años el 26 de junio de 2003, Fofi era una callada leyenda nacional y un paradigma de excelencia. Profesionalmente fue marcado desde muy temprano por su trabajo con Mario Romañach, el más imaginativo y transgresor arquitecto cubano de la década de los cincuenta. Al final de su producción en Cuba, Romañach había alcanzado niveles muy altos de elaboración formal en su lenguaje muy propio que ya se apartaba de la Modernidad. Con ello se adelantó a la complejidad y contradicciones que Robert Venturi enunciaría en su libro seminal de 1966, donde reaccionaba contra el ascético racionalismo del Movimiento Moderno. Fofi trabajó como proyectista con Romañach en el mítico Plan Director dirigido por José Luis Sert entre 1955 y 1958; y estrenaría en ese último año el edificio de apartamentos que el maestro proyectó –y en cuyo diseño él participó— en la Calle C entre 29 y Zapata, en El Vedado. Allí viviría por cuarenta y cinco años hasta su derrota en una tozuda pelea con la muerte, enriqueciendo los hermosos espacios, típicamente volcados al interior, con cuadros de sus muchos amigos pintores, entre ellos grandes nombres de la plástica cubana; conviviendo con canarios encerrados como él en jaulas perfectas, y una importante colección de objetos de culto afrocubanos, que llegó a ponerlo en crisis con una crédula empleada para la limpieza, espantada por el poder acumulado en esa casa. En las esquinas aparecían canastas conteniendo revistas escogidas, abiertas como al azar; y en el mostrador de la ordenada cocina, naturalezas vivas de berenjenas, tomates, cebollas y guanábanas obviamente compuestas por el color, forma y textura. Su obsesión por las plantas, a las que dedicó amorosas horas de plantación, riego y dibujo, se manifestó igualmente en la ambientación de su apartamento.

También coleccionó muebles antológicos, donde la alta calidad del diseño aseguraba la coexistencia armoniosa de estilos y épocas heterogéneos: una maciza cómoda colonial del siglo XIX temprano, en caoba torneada, junto a una ligera comadrita ; las clásicas sillas Thonet que una vez poblaron los cafés habaneros, una espectacular lámpara emplomada Tiffany en forma de sauce llorón o un atemporal butacón Bertoia con descansapiés. Un libro de visitantes hubiera recogido infinitas firmas de las personas que pasaron por su viviendarefugio atraídas por la fama de ese pequeño paraíso, donde tres niños improbables, Ana María, Yuri y Ulises crecieron sin romper un valioso trasto, prusianamente educados por Fofi y su inseparable compañera Mirta Gómez Lan. Esa hermosa mujer de hablar dulce y oriunda de Preston, de quien Fofi vivió orgulloso, encarna el nivel de civilización que existió alrededor de aquellos focos de vida urbana en el medio del campo que fueron los bateyes de los centrales azucareros cubanos; una especie amenazada de extinción, junto al carpintero real y el almiquí.

Entre 1959 y 1961 Fofi trabajó en la erradicación de barrios insalubres junto con Mario Glez.: una linda iniciativa que liquidó asentamientos precarios infames como Las Yaguas, pero puso luego en evidencia el error de trasladar a los vecinos en bloque, manteniendo patrones de vida marginales arraigados por el desarraigo. Tras dos años como arquitecto principal en el Ministerio del Trabajo, pasó a colaborar entre 1963 y 1966 con Mario Glez., Manolo Reguera, el colombiano Lucho Espinosa, Eduardo Rodríguez y Germán Bode en el Plan Director de La Habana, primero que se hizo después del triunfo de la Revolución. Su anteproyecto para la reanimación de la furnia de 25 y K fue una joyita que fijó un rasero para ese campo tan poco transitado en Cuba, antes y después de él, que es el paisajismo urbano. Fofi inauguró la CUJAE en 1964 enseñando en las revolucionarias asignaturas Plástica y Fundamentos de la Arquitectura con el español Joaquín Rallo, el veneciano Roberto Gottardi y los cubanos Emilio Escobar y yo. La reacción anticultura enarbolada por un gnomo siniestro, quien durante un tiempo consiguió ocultar su alma batiblanca bajo un disfraz verde, eliminó esas asignaturas y dispersó a sus profesores en una diáspora concebida para que pusieran los pies en la tierra –y así fue, literalmente. Fofi, con la agravante ¡horror! de usar camisas con vivos y combinar los plumones en el bolsillo con los colores de su ropa, fue a parar al pie de una turbina de regadío en medio del campo, cerca del pueblito de Jibacoa.
Mario Coyula Cowley, La Habana, noviembre 8, 2004
(Revista: “Arquitectura y Urbanismo”, Vol. XXVI, No. 1/2005). Parte 1
Foto (Pepe navarro), Revista Arquitectura Cuba 376
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