UIA 63 y los 60. Roberto Segre - Parte 1 de 5. (VII)

En 1962, el golpe militar que derrocó a Frondizi (en Argentina), anunciaba un futuro político y económico incierto, con el fortalecimiento de la derecha, tanto en el país como en el medio universitario. De allí, que ante la inesperada y sorprendente invitación –en aquel momento, ante la salida de los profesionales cubanos hacia Estados Unidos, lo que más se necesitaban allí eran constructores, ingenieros, veterinarios, médicos– recibida para impartir clases de Historia de Arquitectura en la Facultad de Arquitectura de La Habana (1962), debido al retiro de la docencia del prestigioso profesor Joaquín E. Weiss, no dudé en sumarme con entusiasmo al proceso revolucionario que estaba aconteciendo en Cuba.

A Cuba llegué en el mes de septiembre de 1963, poco antes de la celebración en La Habana del VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) y del Encuentro Internacional de Profesores y Estudiantes de Arquitectura, dos eventos de trascendental importancia en el desarrollo de la arquitectura cubana. Ya entonces, un grupo de países latinoamericanos habían cortado las relaciones diplomáticas con Cuba, y la única comunicación por avión era desde
México, que exigía fuesen fotografiados todos los viajeros antes de partir –por imposición de la CIA–, imprimiéndose en una página del pasaporte un gigantesco sello que decía “viajó para Cuba”. Luego, los latinoamericanos no recibían visa de regreso, por lo que debían hacerlo a través de Europa, en algunos casos pasando por la distante Praga. Por tal razón, ante estas dificultades que imposibilitaban una asistencia masiva de arquitectos y estudiantes a los dos eventos desde el Continente, los rusos fletaron el barco Krupkoskaia, que recogió en el puerto de Santos a más de 400 participantes argentinos, uruguayos, bolivianos, paraguayos, brasileños y chilenos, que luego regresaron por la misma vía a sus países. Es curioso que esta travesía arquitectónica –quizás no comparable con la densidad intelectual presente treinta años antes en el “Patris II”, al congregar la vanguardia europea partícipe del CIAM 4 en el memorable viaje a Atenas en 1933–, que integró la juventud progresista universitaria del cono sur y arquitectos de renombre o que luego fueron conocidos en su medio –entre otros recordemos João Vilanova Artigas, Wladimiro Acosta, Fabio Penteado, Martha Steinghart, Juan Carlos López, João Sampaio, Carlos Nelson Ferreira dos Santos–, no hubiese nunca justificado una crónica sobre lo que aconteció y debatió en los largos días de ambas travesías. Tuve la emoción de pertenecer al comité de recepción a la llegada del barco al puerto de La Habana, que generó efusivas expresiones de solidaridad y confraternización, ante un nuevo gesto de hermandad latinoamericana contra el bloqueo yanki.

En septiembre de 1963, La Habana era un hervidero preparando la ciudad para el más importante congreso internacional que se realizaría en la isla desde el inicio del Gobierno revolucionario. Se remozó el barrio de El Vedado que albergó las principales actividades del Congreso, concentradas en el hotel Habana Libre y el Retiro Médico, una de las mejores obras de Antonio Quintana. La calle 23 –La Rampa– se convirtió, de tradicional local de restaurantes, hoteles y cabarets, en un provisional centro cultural, con muestras y exposiciones situadas a lo largo de su extensión. El Pabellón Cuba (1963) del arquitecto Juan Campos y el diseñador Enrique Fuentes, constituyó el punto álgido de los acontecimientos arquitectónicos. Salón abierto hacia la calle 23, integraba dos espacios expositivos articulados entre sí a través de un edificio alto, aprovechando, con un recorrido peatonal sinuoso, los desniveles de la topografía accidentada. Particular estructura miesiana –las columnas aludían al proyecto reciente de las oficinas Bacardí en Santiago de Cuba de Mies van der Rohe (1958)– de expresión brutalista y contextualista, todavía hoy (2002), sin envejecer, sigue cumpliendo su función original.

Las vivencias culturales de La Rampa tuvieron una imagen perecedera y otra volátil: la primera, la remodelación de las anchas aceras decoradas con paneles pictóricos de los artistas plásticos más prestigiosos del país –René Portocarrero, Wifredo Lam, Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, Luis Martínez Pedro y otros–; la segunda, en la fiesta de cierre del evento, el desfile de las exhuberantes mulatas de la comparsa del Ministerio de la Construcción, estremecieron las escasas fibras aún dormidas de los arquitectos presentes. También se había iniciado la recuperación de algunos monumentos de La Habana colonial –situados en las dos plazas, de la Catedral y de Armas–, presentándose al Congreso la propuesta de un Plan Maestro del centro histórico elaborado por los arquitectos y profesores de la Facultad de Arquitectura, Hugo Consuegra y Joaquín Rallo.
(Parte 1. Roberto Segre, “Arquitectura y Urbanismo” vol. XXIV, Nº 3/2003)
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