UIA 63 y los 60. Roberto Segre - Parte 2 de 5. (VIII)

Las autoridades cubanas comprendieron en toda su magnitud la importancia del Evento, debido, primero al tema seleccionado “La arquitectura en los países en vías de desarrollo”; segundo, por el apoyo al proceso de politización de la UIA fomentado por la dilatación del campo socialista –el V Congreso se había celebrado en Moscú (1958)–, y la participación de los miembros del llamado Tercer Mundo que constituía la mayoría de las setenta y cinco naciones asistentes; tercero, porque su celebración acontecía por primera vez en América Latina. No es casual que la máxima dirigencia política presidiera los actos de apertura y cierre: el Che Guevara dictó el discurso de clausura del Encuentro de Estudiantes; el Congreso fue abierto por el presidente Osvaldo Dorticós Torrado y culminó con la presencia de Fidel Castro. Lógicamente que este proceso de radicalización de la UIA no debió ser bien visto por los directivos tradicionales europeos –entre ellos, el presidente de la UIA, Sir Robert Matthews y el secretario André Bloc, y norteamericanos, ausentes estos últimos del Evento; quienes al aprobar en 1960 su celebración en La Habana, lo hicieron en aras a la asidua presencia de los profesionales cubanos a lo largo de su historia, sin imaginar el giro de los acontecimientos, ni la orientación socialista de Cuba. Señalemos que el Colegio Nacional de Arquitectos fue siempre muy activo en fomentar la participación de los asociados en los eventos internacionales de la primera mitad del siglo XX: quedó registrada la asistencia de Nicolás Quintana, Eugenio Batista y Nicolás Arroyo en las reuniones europeas del CIAM, en la inmediata posguerra. En este forum, el objetivo esencial de los jóvenes y varios viejos arquitectos locales, identificados con el proceso revolucionario, era mostrar al mundo los cambios acelerados efectuados en los cuatro años del nuevo régimen, a pesar de las dificultades creadas por el bloqueo de Estados Unidos y la política agresiva de este país, cuya principal iniciativa había abortado en Playa Girón (1961). De allí también la importancia otorgada al concurso para el monumento que recordaría en la Ciénaga de Zapata, la aplastante derrota de los invasores. Participaron cientos de profesionales y resultó premiado el proyecto de un equipo polaco – arquitectos Marek Budzynski, Andrzej Mrowiec; ingeniero Wieslaw Szymanski; decoradora Grazyna Boczewska y el escultor Andrzej Domanski, quienes radicaron un año en la capital para elaborar los planos, sin que la obra se concretara–, muy sugestivo y evocativo, con un fuerte lenguaje abstracto y brutalista.

Al integrarme a la Escuela de Arquitectura, todavía situada en el bello edificio ecléctico de Moenck y Quintana de 1927, en la Colina Universitaria de El Vedado, percibí el frenesí de profesores y alumnos, quienes desde hacía un semestre estaban dedicados totalmente a la preparación de ambos eventos. Además de preparar las diferentes ponencias especializadas, las tareas se centraron en tres actividades básicas:

(a) - La construcción de la Cooperativa campesina “Menelao Mora”, en la provincia de La Habana, conjunto de viviendas proyectado por Fernando Salinas y edificado en trabajo voluntario por los alumnos, inaugurando la primera experiencia de “docencia-producción” de la Escuela. Ejemplo que sería mostrado a los visitantes para evidenciar el compromiso de los estudiantes universitarios con las urgentes necesidades de los estratos más necesitados del país.

(b) - La participación de equipos de trabajo en la elaboración de la ponencia oficial de Cuba. Fue elaborado un lujoso libro, publicado en varios idiomas y editado en la República Democrática Alemana, con la dirección de Salinas y de Raúl González Romero, que resumía la historia de Cuba, su arquitectura, y presentaba las principales obras realizadas a partir de 1959. En los viajes a Europa, para controlar su realización, visitaron prestigiosos arquitectos en diferentes países con el fin de invitarlos a La Habana. Es conocida la anécdota de Fernando Salinas, al entrevistarse con Le Corbusier –quién declinó la invitación y envió un mensaje a los profesionales cubanos–, (Este mensaje se reprodujo, por iniciativa de Roberto Segre en Arquitectura Cuba Nº 335, La Habana, 1965), que al explicar sus obras recientes, hizo varios dibujos rápidos sobre la mesa de reunión, retirándolos inmediatamente cuando Salinas hizo el gesto de llevárselos consigo.

(c) - Durante casi un año, con anterioridad al Congreso, se creó un equipo de trabajo dirigido por el profesor español Joaquín Rallo para elaborar una historia del territorio y la arquitectura en Cuba, libro de gran lujo que sería distribuido entre los asistentes. Además del original y valiente texto escrito por Rallo, contaba con las espectaculares fotos del italiano Paolo Gasparini, quién, durante meses, a pie, en jeep o en un helicóptero de las Fuerzas Armadas, retrató edificios, ciudades y campos de un extremo a otro de la Isla. Constituye, todavía hoy, la mayor y más bella documentación fotográfica del entorno cubano. Rallo quería titularlo “De uno en uno a uno en un millón”, para identificar la escala ambiental del estudio realizado. Pero en aquel momento se encontraba en Cuba el prestigioso arquitecto argentino Jorge Vivanco, asesorando el Instituto de Planificación Física, quien ya había elaborado esa misma idea, quizás siguiendo el ejemplo del conocido estudio comparativo de plantas de monumentos históricos, Huellas de edificios, preparado por Eduardo Sacriste. Pasó a la historia la anécdota de Rallo y Vivanco rodando La Rampa abajo a puñetazo limpio, discutiendo quién utilizaría dicho título. Sin embargo, a último momento, debido a discrepancias sobre el contenido del texto, a pesar de encontrarse totalmente listo para ir a la imprenta, no fue aprobada su edición. Solo quince años después, publiqué el texto en el libro Introducción histórica a las estructuras territoriales y urbanas de Cuba (1519-1959), editado por la Facultad de Arquitectura del ISPJAE (1978).

Esta circunstancial discrepancia de criterios ocasionó el engavetamiento de lo que hubiese sido uno de los mejores libros de historia de la arquitectura y del urbanismo de Cuba, con treinta años de anticipación a las lujosas ediciones de los ensayos de Joaquín E. Weiss y de Eduardo Luis Rodríguez. A pesar de la insistencia de Fidel Castro en su discurso titulado “Palabras a los Intelectuales” (1961) y del Che Guevara en el ensayo “El socialismo y el hombre en Cuba” (1965), sobre la libertad de expresión artística que identificaría el socialismo cubano, existían en los niveles intermedios tendencias fuertemente influenciados por el realismo socialista “duro”, aún vigente en la URSS de Kruschov o en la China de Mao. Entre 1961 y 1963, surgieron tensiones y conflictos en el ámbito cultural, evidenciados en la interrupción del suplemento semanal Lunes de Revolución y el debate sobre las películas que debían proyectarse en los cinematógrafos. Recuerdo como si fuera hoy, el haber participado en la recolección de firmas para apoyar al presidente del ICAIC, Alfredo Guevara, quien desde las páginas de Revolución, defendía la importación de obras maestras de la cinematografía europea.
(Parte 2. Roberto Segre, “Arquitectura y Urbanismo” vol. XXIV, Nº 3/2003)
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