UIA 63 y los 60. Roberto Segre - Parte 3 de 5. (IX)

En el ámbito arquitectónico, existían diferentes posiciones en la Escuela de Arquitectura: unas que reflejaban actitudes "anticulturales" y otras que promovían el desarrollo de la cultura. No obstante, el espíritu mediador del director, Roberto Carrazana; del jefe del Departamento de Diseño, Fernando Salinas y uno de los miembros más influyentes del Consejo de Dirección, Osmundo Machado Ventura, se inició un proceso de transformaciones docentes que privilegió la enseñanza tecnocrática, reduciendo el número de horas dedicado a las asignaturas culturales. En el Congreso también surgieron estas divergencias. Si por un lado, se editaron varios folletos sobre el arte y la arquitectura cubana –uno de ellos escrito por Manuel Moreno Fraginals–, el arquitecto Virgilio Perera organizó un equipo de trabajo para estudiar la obra de Buckminster Fuller y preparar un ataque contra el arquitecto norteamericano, en el caso que decidiese participar al evento. También distribuyó cientos de ejemplares del desafortunado texto de Jõao Vilanova Artigas, titulado: Le Corbusier y el Imperialismo, absurdamente dogmático en su denuncia de las ocultas intenciones del Maestro al concebir el Modulor, y sustituir el metro por la pulgada, poniéndose así al servicio de los intereses económicos anglosajones.

Si por una parte, el entusiasmo constructivo de La Habana de los sesenta estaba identificado con las tres grandes obras en ejecución –las Escuelas Nacionales de Arte, la Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría” y la Unidad Vecinal de La Habana del Este–, entre las figuras que tuvieron un papel protagónico en el Congreso, estuvieron Ricardo Porro (1925) y Fernando Salinas (1930-1992): el primero, responsable del equipo proyectista de las Escuelas de Arte; el segundo, profesor de la Facultad y nombrado Relator General del VII Congreso de la UIA.

Tan pronto me establecí en La Habana, entablé fraternales relaciones con ambos. Porro, histriónico, culto y erudito, bastante fuerte en la imposición de sus ideas, gustaba de verse rodeado, halagado y venerado por intelectuales, seguidores y discípulos. Tenía un grupo de jóvenes colaboradores incondicionales en las oficinas del Country Club, que dibujaban las complejas formas de las Escuelas de Artes Plásticas y de Ballet: Heriberto Duverger, Olegario Lami, Oscar Hdez., Mitzy Rudd, Reynaldo Togores, David Bigelman, Antonio Seguí, entre otros. Allí se reunían con Porro y su esposa Helena, Alejo Carpentier, Roberto Fernández Retamar, Adelaida de Juan, Iván Espín, Olga Astorquiza, Pablo Armando Fdez., Wifredo Lam, Ana Vega, Fernando Ayuso, Juan Blanco, Paolo Gasparini y su compañera Franca Gonda, además de los circunstanciales visitantes extranjeros. Constituía la elite de la intelectualidad cubana, imbuidos del deseo de rescatar las auténticas raíces de la cultura nacional, integrando lo poco que había subsistido de las tradiciones indígenas; recuperando la marginada cultura africana y la herencia hispánica. Las tres vertientes, reinterpretadas en el lenguaje de la modernidad, se articularían en las diferentes manifestaciones artísticas –la pintura de Wifredo Lam y Servando Cabrera Moreno; la escultura de Agustín Cárdenas; la poesía de Nicolás Guillén y la música de Juan Blanco–, fusionadas en la obra arquitectónica, como se intentó en las Escuelas de Arte. Para ellos la contemporaneidad no se identificaba con el “progreso” científico y tecnológico, sino en la continuidad de la artesanía y la manualidad, base material de la originalidad de las formas. De allí que primase una concepción individualista, valorizando, por encima del quehacer colectivo, la figura del genio incomprendido: los modelos eran Wright y Gaudí; Platón y Heidegger. Aunque Porro no estuvo particularmente relacionado con la temática “social” del Congreso, y tampoco perteneció al equipo “oficial” cubano básicamente formado por funcionarios del Ministerio de la Construcción, tuvo sin embargo, un fuerte protagonismo en el mismo, especialmente entre los arquitectos de Europa Occidental. Ante la sorpresa y admiración que despertaban las Escuelas –casi finalizadas las dos de Porro y por lo tanto visitables–, los profesionales y críticos de renombre que participaban en el Evento, deseaban ser acompañados por el autor, para entender cómo un pequeño país de escasos recursos y cuya arquitectura no había sido casi nunca notada en el ranking mundial, podía realizar un conjunto de tal envergadura y creatividad estética. Ello facilitó la rápida difusión internacional de las obras en las revistas de arquitectura, a través de los escritos de Graham Greene, Marc Gaillard, Diana Rowntree, Alain Jouffroy, Michel Ragon, y otros, que en algunos casos tuvieron el apoyo de las impresionantes fotos de Paolo Gasparini.
(Parte 3. Roberto Segre, “Arquitectura y Urbanismo” vol. XXIV, Nº 3/2003)
( La foto de arriba, uno de los iconos de la arquitectura cubana,
detalle de la escuela de danza moderna, Ricardo Porro 1961-1963)
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