UIA 63 y los 60. Roberto Segre - Parte 5 de 5. (XI)

Cabe preguntarse, ¿fue positivo el balance del VII Congreso? En términos internacionales, colocó a la arquitectura cubana en el ranking mundial, en las dos vertientes: tanto en el sistema de valores estéticos de Occidente, que rápidamente integraron a las Escuelas de Arte entre las grandes obras mundiales de los años sesenta –lo hicieron en sus respectivos libros, Francisco Bullrich, Paolo Portoghesi, Michel Ragon y Gillo Dorfles–; como en los luchadores por la arquitectura “social” del Tercer Mundo, que asumieron Cuba como modelo de la correspondencia entre transformaciones socioeconómicas y respuestas constructivas.

A nivel local, cabe señalar que primó la influencia de la radicalización ideológica y tecnológica, sobre la estética y cultural, iniciada con la crítica a La Habana del Este, conjunto habitacional considerado excesivamente costoso y sofisticado, quedando abierto el camino para el empleo de elementos prefabricados en anónimos bloques. También ejercieron una significativa influencia los efectos destructivos del ciclón Flora, desencadenado antes de la finalización del Congreso (octubre 1963), que dañó severamente campos, ciudades y edificios de las provincias orientales. Es evidente que la reacción del gobierno y del Ministerio de la Construcción fue de resolver los múltiples problemas sociales y económicos que produjo el cataclismo natural. La URSS ofreció su ayuda y donó una planta de viviendas de grandes paneles, que fue el punto de partida del auge de la prefabricación. Aunque, el respaldo internacional a las Escuelas de Arte impulsó nuevamente las obras que habían languidecido, ante la inesperada situación, no fueron prioritarias en la agenda gubernamental, suspendiéndose definitivamente en 1965. El tema de la arquitectura se restringía paulatinamente, sustituido por la práctica constructiva. Por otra parte, se extendía la presencia de arquitectos por todo el territorio nacional: a finales de 1963, por iniciativa del Ministerio, los estudiantes de arquitectura firmaron la declaración del fin de la práctica profesional privada, y fue instituido el “Servicio Social Rural”, por lo que cada graduado iría dos años a trabajar a pie de obra o en proyectos en el interior del país.

Reiniciadas las clases en la Escuela a finales de 1963, transcurrió un año de relativa tranquilidad hasta diciembre de 1964, fecha en que Fidel inauguró la Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría”. El curso de arquitectura fue el primero que se instaló en las obras sin terminar, en medio del campo, con escasas condiciones de trabajo. Los profesores, en diversas asambleas, habían luchado por la permanencia de la Escuela en El Vedado, demostrando la necesidad de los estudiantes de arquitectura de estar en estrecho contacto con la vida urbana. Recuerdo con nostalgia aquel año, en que comencé a impartir el curso de Historia. El Departamento era un local de esquina en el segundo piso del viejo edificio académico con su sombreado patio central, que contenía el monumental sillón de Joaquín E. Weiss –venerado al punto que nadie osaba sentarse en él–, la colección de diapositivas de cristal, adquiridas en Alemania en los años treinta, que fueron destruyéndose, entre las mudanzas, el tiempo y la inexistencia de equipos apropiados para su proyección; y el silencioso y anciano dibujante Agustín Gómez, quién hasta su jubilación, se dedicó a reproducir los planos de las fortalezas de La Habana. Los profesores eran Osmundo Machado, que dejó de impartir las clases, ante la realización de otras tareas para las cuales tenía mayor vocación, y el pintor y arquitecto Hugo Consuegra, preocupado más de sus viajes al extranjero que de la docencia. Por lo tanto, asumí toda la responsabilidad pedagógica, con cierta dificultad. Como nueva anécdota, al llegar a la Escuela, pregunté donde estaba el Departamento de Arquitectura Moderna –imaginando una estructura similar a la de Buenos Aires–, período en el cual me había especializado. Con mirada burlona, me informaron que allí todo estaba integrado en un solo departamento, y que debía iniciar las clases, en el punto en que habían sido suspendidas antes del Congreso, o sea del paleocristiano en adelante. Tema con el que no estaba familiarizado, y me obligó a encerrarme por semanas en mi habitación del Habana Libre para preparar las clases. El arquitecto Osmundo Machado que me visitaba asiduamente, estaba sorprendido que no transcurriese las noches en el cabaret del hotel, participando del show de las Mulatas de Fuego; en vez de estudiar el arte de las Catacumbas.

El año 1964 fue de entusiasmo, dedicación y de fuertes debates sobre los métodos de enseñanza dentro del Departamento de Diseño dirigido por Fernando Salinas. Allí participaban de las acaloradas discusiones Joaquín Rallo, Iván Espín, Hugo Consuegra, Roberto Gottardi, Vittorio Garatti, René Calvache, Raúl González Romero, Fofi Fernández, Mario González, por el lado de los “culturales”; y otro grupo de profesores, cubanos y extranjeros, que no viene al caso citar, identificados con la línea “constructiva”. Salinas, me permitió concentrarme en las clases, dedicado a escribir los folletos docentes sobre la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, de los que se publicó como libro, en La Habana (1995), la Historia del Arte y la Arquitectura Barroca Europea. (con la participación de Eliana Cárdenas y Juan García) Además del equipo de profesores de alto nivel, había un grupo aguerrido de alumnos apasionados, entusiastas, con una dedicación desbordante al trabajo, al diseño, al estudio de la historia, facilitando a gran parte de ellos el desempeño en altos cargos de dirección, mientras que otros emigraron de Cuba. Realmente se vivía una comunidad social y cultural muy homogénea, que no solo participaba de las aulas universitarias, sino de la vida cultural y social de la ciudad: tanto nos reuníamos alumnos y profesores, en el restaurante del Habana Libre –entonces todavía abierto libremente al público–, como en los entrenamientos de las milicias revolucionarias o en los primeros trabajos voluntarios en el campo. Realmente la juventud de la Revolución se respiraba por los poros, y todos aceptábamos sin queja alguna, las dificultades materiales, la precariedad económica y los efectos del bloqueo norteamericano, porque estábamos convencidos que “el presente es de lucha y el futuro es nuestro”.
(Parte 5. Roberto Segre, “Arquitectura y Urbanismo” vol. XXIV, Nº 3/2003)
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