FERNANDO SALINAS, MI MEJOR MAESTRO. Por J.A.Choy.

Frenando Salinas

Conocí a Fernando, como luego la amistad me permitió llamarle, cuando comencé a estudiar arquitectura en la CUJAE, en el curso 1968-69. Habíamos matriculado arquitectura más de cuatrocientos muchachos y muchachas de toda Cuba, por aquel entonces, en la única escuela de arquitectura del país. Allí había un hervidero de tendencias contradictorias, los que defendían el diseño y la cultura a ultranzas, sin concesiones de ningún tipo y los que pretendían reducir la profesión a rígidas tecnologías o a lo puramente constructivo.

Creo que mi “año” fue un “año” rebelde, muy a tono con lo que estaba pasando en Cuba y en el resto del mundo; al menos éramos distintos a otros cursos de la carrera, o así lo creíamos. Rápidamente se creó una empatía muy fuerte entre los profesores de la vanguardia del diseño, algunos alumnos de otros años y nosotros. Ellos representaban lo nuevo, lo verdaderamente revolucionario: Roberto Segre y Fernando Salinas, con Vivaldi o los Beatles de fondo, nos impartían conferencias magistrales y superactualizadas sobre el diseño en el mundo; Roberto Gottardi y Raúl González Romero eran un evangelio vivo, enseñando la génesis del diseño mismo; Vittorio Garatti nos hablaba de la ciudad de sus sueños, de La Habana refuncionalizada del futuro, rodeada de bosques y cordones verdes. O con los invitados, como Lezama que apareció aquella noche de fuertes vientos del año 1969 ó 1970, para hablarnos de su poesía, sentado sobre una caja de madera porque ya el asma y la gordura no le permitían subir al salón de conferencias; o Retamar que nos leyó antes de irse, su conferencia de Grenoble, sobre civilización y barbarie; o Teresita Fdez. con Wichi Nogueras, en el Salón Rojo, emocionada cantándonos “No puede haber soledad, mientras tú existas…”

Pero de todos estos recuerdos, el más valioso y entrañable, el que marcó para siempre mi vida de estudiante y profesional fue conocer a Fernando Salinas que poco a poco, en un pasillo cualquiera o sentados en el piso de un rincón olvidado de la escuela, iba transmitiéndonos a nosotros, quizás sus alumnos preferidos, el más elocuente y febril testimonio, de su iluminado y llameante pensamiento. Gracias a él, entendí muy pronto que la arquitectura antes que forma era idea y mejor aún, concepto profundo y germinador; que la técnica era un medio y nunca un fin en sí mismo, recordándonos siempre el proverbio chino “maneje una técnica infalible y déjese en manos de la imaginación”; que todas las escalas del diseño estaban interrelacionadas en un mismo sistema, lo que él conceptualizó como Diseño Ambiental, cuya sección creó en la UNEAC, pocos años antes de morir.

Tres ejemplos de su vida profesional sirvieron para que yo comprendiera la agudeza e inmensidad de su pensamiento. El primero fue el trabajo de estudiantes que dirigió y resultó premiado en la UIA 69 celebrado en Buenos Aires. En aquel trabajo dejó plasmadas sus ideas sobre una alternativa de ciudad del futuro: del módulo estructural como soporte flexible y participativo de la cotidianidad del nuevo ser social, a los espacios cambiantes de la vida urbana no enajenante; toda una compleja elaboración conceptual a todas las escalas del diseño del proyecto social cubano en su etapa más auténtica y utópica, nunca antes conceptualizado tan brillantemente como él lo hizo. Un moderno que asimiló lo mejor del pensamiento arquitectónico revolucionario del siglo XX, lo más actualizado de la teoría y la práctica del diseño del momento, para ponerlo en función de la sociedad; desgraciadamente incomprendido por algunos y a veces apartado por otros.

El segundo fue el trabajo realizado con los excelentes y talentosos estudiantes Nguyen Luan y José Achúcaro, este último ya desaparecido. Era un concurso sobre las estructuras del tiempo libre, para otro certamen de la UIA. Aquí el maestro, llega a la conclusión, que en la nueva sociedad el tiempo libre no existe, si este presupone un tiempo cautivo. Todo el tiempo es, o está destinado a transformarse y multiplicarse en tiempos de creación, que se vinculan en el espacio a partir de los traslados itinerantes del hombre en la ciudad. De ahí, que la estructura que se diseña para el tiempo libre o el tiempo creador sea una estructura para la peatonalidad urbana, que se transforma en galerías de circulación, espacios de exposiciones, servicios urbano, etcétera.
El tercer ejemplo que demuestra la agudeza conceptual del pensamiento de Salinas fue el premio que recibió la escuela en el Congreso de la UIA de Varna, esta vez dirigiendo un colectivo de estudiantes vietnamitas. El tema del concurso era el diseño de estructuras para el hombre frente a los desastres de la naturaleza. Él subvierte el tema del concurso y concluye que para Viet Nam, el mayor y más devastador desastre natural era producido por la guerra, y a partir de este concepto incuestionable, los estudiantes diseñan dirigidos por él todo un sistema ecológico y sustentable de estructuras de supervivencia frente a esta catástrofe producida por el hombre.

Estos tempranos ejemplos me demostraron lo genial de su pensamiento poético y rebelde; parte de la huella perdurable y permanente que dejó en la memoria y en el corazón de sus amigos y discípulos, que como yo aprendimos tanto de su desbordante alegría y su pasión por la arquitectura.

José Antonio Choy. Arquitectura y Urbanismo, Vol. XXIII, No. 3/2002
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