Fernando Salinas por el mismo

Comencé a trabajar desde el primer año de estudios. Fui contratado por una empresa de muebles para representar piezas de estilo que se mostraban a los clientes. Luego realizaba retratos al pastel copiados de fotografías que traían los interesados, que se vendían en una tienda de la calle Galiano, al lado del cine América, con bastante éxito económico. Aunque el comitente tuviera ochenta años, el secreto era representarlo con veinte. Dibujaba perspectivas y construía maquetas para los estudios conocidos, al profesor Víctor Morales de Morales y Cía., donde con anterioridad había colaborado Antonio Quintana, y luego me integré en las oficinas de Arroyo y Menéndez, el titular Nicolás Arroyo era Ministro de Obras Públicas del gobierno de Batista, y de Miguel Gastón. Ese medio facilitó mis relaciones con profesionales jóvenes, con quienes visitábamos y estudiábamos las principales obras en construcción para verificar los materiales, los espacios interiores y las técnicas estructurales. Me aproximé a las raíces de nuestra cultura con la ayuda de Ricardo Porro quién me indicó la lectura de José Lezama Lima, e instigó a comprender el peso de las influencias africanas a través de los ensayos de Fernando Ortiz y de las pinturas de Wifredo Lam. También me vinculé al Grupo de los Once, con Guido Llinás, Hugo Consuegra, Henry Gutiérrez y Humberto Alonso; y al movimiento literario encabezado por el surrealista José Baragaño, Rolando Escardó y Fayad Jamís. En los diarios recorridos por las librerías conocí a Alfredo Guevara y a Alejo Carpentier. Se participaba de reuniones, exposiciones, debates sobre la plástica, el cine, la música, y se vivía un clima de fervor cultural durante las veinticuatro horas del día. Era habitual además salir a visitar las nuevas obras de Mario Romañach, Eugenio Batista, Frank Martínez, Antonio Quintana y también aquellas negativas ejemplares: recuerdo el palacio Luis XV construido por Arellano y Mendoza en el Country, cuya entrada para carruajes de caballos no permitía el acceso al Cadillac del propietario.
En las progresivas responsabilidades asumidas en la oficina de Arroyo y Menéndez desde el diseño de las rampas de la Ciudad Deportiva hasta la participación en el proyecto del hotel Mónaco a cargo de Philip Johnson y financiado por la mafia, se forjó una experiencia básica, luego aplicada en las primeras obras realizadas en colaboración con Raúl González Romero. Nuestra pasión quedó demostrada en los noventa y cinco proyectos realizados y en los tres construidos. Desde un comienzo, eludimos todo sometimiento a las exigencias de los clientes, negamos las modas estilísticas o las concesiones al comercialismo imperante. Ello nos aparejó serios problemas, que hubieran trascendido de mantenerse la estructura capitalista del país. Al ganar el concurso del Club Náutico Internacional de La Habana (1958) con la oficina de Enrique Govantes por encargo del magnate azucarero Julio Lobo, este en desacuerdo con el diseño “moderno”. No solo nos negamos al pedido sino que le entregué un poema cuestionado su incultura y prepotencia: recibimos un mensaje informándonos que jamás colocaríamos un solo ladrillo en obras que dependieran de su iniciativa o relaciones.

Philip Johnson y Mies van der Rohe fueron mi último contacto importante con los maestros radicados en Estados Unidos. Al asociarse Arroyo y Menéndez con Jonson en el proyecto del hotel Mónaco realizado y sustituido por el Habana Riviera diseñado en Miami por Jonhson (otro) y Polevitzki (1957), fui enviado a Nueva York para trabajar como contraparte cubana del proyecto en la oficina de ambos, radicada en el Seagram Building. Fue una experiencia inolvidable la proximidad cotidiana durante casi un año, a dos maestros de calibre internacional de personalidades tan disímiles, el primero frívolo, hedonista y extrovertido; el segundo, severo, adusto e introvertido, pero unidos por el rigor técnico de los proyectos, el preciosismo de los detalles, la calidad de los materiales empleados, las persistentes referencias a la vanguardia mundial, especialmente en Johnson. Tampoco estaba situado al alto nivel económico que imperaba en la oficina: al discutir con este último sobre un detalle que se refería a Gaudí, surgió la duda sobre la veracidad del mismo y ese fin de semana el Maestro compró los pasajes para verificar la duda en Barcelona. No tuve el coraje de aceptar y él viajó solo para aclarar la incógnita. Visité las obras de Mies y tuve la oportunidad de compartir una noche en su apartamento. Son inolvidables los veinte martinis que se tomó en el breve tiempo de la conversación, intercambiando ideas sobre su visión ascética de la arquitectura y la rigurosa disciplina impuesta por sus concepciones filosófica y tecnológica. Finalmente el hotel fracasó, primero, por negarse Johnson a las imposiciones kitsch de los clientes y, por otra, ante la retirada de un grupo de la mafia de las inversiones en Cuba como aparece documentado en el final de la segunda parte del film El Padrino de Coppola, inseguro ante el avance de las acciones revolucionarias contra la dictadura de Batista.

Fragmentos de una entrevista que realizara Roberto Segre a Fernando Salinas que fuera publicada originalmente en un número especial de la revista AAA. Archivos de Arquitectura Antillana (Revista Internacional de Arquitectura y Cultura en el Gran Caribe), Año 5, No. 10, junio 2000, Santo Domingo, República Dominicana, pp.134-142; reproducida por la revista de la Facultad de Arquitectura de la CUJAE (Cuba) “Arquitectura y Urbanismo, Vol. XXIII, No. 3/2002”
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