LE BEAU SERGE. (Baroni por Coyula) I

Cuando en el año 2000 Sergio Baroni cumplió setenta se le organizó una pequeña fiesta en la sede de la UNAICC. El ambiente recordaba épocas pasadas en la década gloriosa de los sesenta, donde el diseño era el invitado de honor en polémicas que lindaban con lo bizantino sin que por el contrario fuesen estériles. A varios de los presentes se les pidió hablar, y yo inevitablemente recordé el momento en que por primera vez encontré a este mantovano itinerante devenido caraqueño para finalmente asentarse en Cuba, cuya ciudadanía solicitó y recibió en 1974.

Fue en 1961 ó 1962, durante un corto viaje a Santa Clara relacionado con algo de la naciente planificación física. Llevaba una camisa azul pálido arremangada al descuido, que a primera vista podría ser confundida con las tradicionales camisas de mezclilla, conocidas en Cuba como de mecánico antes del triunfo de la Revolución. Algo me dijo inmediatamente que ni la camisa era realmente de obrero, ni este planificador bien parecido encajaba en el estereotipo del diseñador frustrado en busca de un refugio para su falta de imaginación. Y también, mezquinamente, medí con preocupación a un posible rival, no solo en el quehacer intelectual donde por entonces me iniciaba, sino en la conquista de tiernos (y algún que otro duro) corazones femeninos. Esa última preocupación resultó fundada, incluyendo casos de los que probablemente uno o los dos no llegamos a enterarnos. En cambio, pronto comprobé la generosidad de un cerebro privilegiado que discretamente rehusaba el vedetismo, siempre dispuesto a compartir ideas y ofrecer opiniones y sugerencias.

Del Baroni planificador, metodólogo, capacitador y formador puede escribirse mucho, pero no quisiera encasillar a una personalidad tan inusual en el marco estrecho de una biografía convencional, por otra parte necesaria. Espero que haya otros que se encarguen de eso. Pienso que él sintetiza un fenómeno que se dio en Cuba, cuando diseñadores de mucho talento se dedicaron a la planificación urbana e incluso regional. Sería fácil achacarlo a las dificultades para trabajar como arquitecto en un medio que ya empezaba a quedar dominado por los mitos, más mentales que constructivos, de la prefabricación y el proyecto típico. Un mundo convulso donde se repetía, bajo un falso ropaje de novedad y con el avasallador argumento del interés social y la factibilidad económica, aquel viejo sainete que posiblemente comenzó en las cavernas cuando la mediocridad del cazador de mamuts se enfrentó por primera vez a la creatividad del que pintaba en la roca. En ese contexto, algunos prefirieron reubicarse en un campo donde, supuestamente, el componente artístico no interesaba. Pero gente como Sergio Baroni sirvieron para demostrar cómo en las disciplinas más áridas la búsqueda de la perfección implica también una belleza otra: algo que los cultivadores de las ciencias exactas siempre han sabido.
Mario Coyula, La Habana, noviembre de 2002. (Parte 1ª)
Publicado en Arquitectura y Urbanismo, Vol. XXVI, No. 2/2005
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