Restauración del Castillo de la Real Fuerza



El pasado año abrió sus puertas en una nueva e importante rehabilitación el Castillo de la Real Fuerza, la más antigua fortaleza de Cuba. Iniciada en 2003, la restauración del Castillo de la Real Fuerza se atiene al criterio de respetar las huellas insertas en su historia, con el único añadido del puente lateral, de diseño contemporáneo y senci­lla estructura de madera y vidrio.

Una vez más, la Giraldilla convida a visitar la más antigua fortifica­ción habanera, no ya como ré­plica en las alturas de su torre, sino en la propia entrada, donde el original de esa escultura emblemática ha sido colocado definitivamente. Con la inauguración del Museo Cas­tillo de la Real Fuerza se cumple un viejo anhelo: justipreciar el valor de ese inmue­ble como primer exponente de la arqui­tectura militar renacentista en América, a la vez que acoge una muestra permanente sobre la importancia de La Habana y su sistema de fortificaciones, declarado Pa­trimonio de la Humanidad en 1982.




El guión museológico se fundamenta en 14 espacios con dos temáticas fundamentales interrelacionadas: la arqueología subacuáti­ca y la historia de la construcción naval. La idea es potenciar la diversidad con hallazgos arqueológicos en pecios, el modelismo na­val y la recreación de la vida a bordo. Guiándose por la señalética —dada en un criterio minimalista que rememora los mástiles de madera de las antiguas naves—, el visitante debe acudir a los complementos informativos si quiere transitar «a toda vela» por los espacios expositivos.

Remontarse a los antecedentes de la historia naval en la Isla requiere marchar al encuentro con los primeros pobladores aborígenes, dada la condición de insula­ridad y la teoría migratoria a través de la cuenca caribeña. El dominio de la técnica lítica, empleada en hachas petaloides y gubias de concha, así como el aprovechamiento de las bondades del mundo vegetal circundante, les permitió utilizar la canoa como medio indispensable para la navegación. Grandes cedros fueron calados y transformados en embarcaciones con capacidad para 50 o más personas.

En contrapartida, en 1492 arribaron a las costas del Nuevo Mundo las naos conquistadoras al mando del Gran Almi­rante Cristóbal Colón: la Santa María, la Pinta y la Niña. Tras el descubrimiento y conquista del continente americano, comenzó la explota­ción de sus riquezas —especialmente plata y oro—, las cuales eran trasladadas hasta España mediante el sistema de flotas crea­do en 1561 para proteger esos embarques de los ataques de corsarios y piratas, en su mayoría ingleses y franceses.

Unos pocos años antes, ya la villa de San Cristóbal de La Habana había gana­do protagonismo gracias a la posición es­tratégica de su puerto, donde convergían las naves que —procedentes de Nueva España (México), Cartagena de Indias (en Colombia) y Portobello y Nombre de Dios, en la actual Panamá— aprove­chaban la Corriente del Golfo en su trán­sito hacia la Península. No obstante, a pesar de su importancia, el enclave habanero apenas era defendido militarmente, lo cual se puso de manifiesto en 1555 cuando el corsario francés Jacques de Sores diezmó a la población luego de in­cendiar la Fuerza Vieja, precaria fortaleza que ni siquiera pudo ofrecer resistencia. Fue entonces que, a poca distancia de aquélla, se ordenó construir el Castillo de la Real Fuer­za, hoy convertido en museo. De hecho, pudiera afirmarse sin corta­pisas que muchas de las piezas museables aquí expuestas son evidencia tangible del estrecho vínculo entre La Habana y la «Flota de Indias» como parte del mecanis­mo que englobaba todo el comercio y la navegación de España con sus colonias.




En primer lugar se destacan aquellas ri­quezas que —durante siglos— aguardaron la llegada de los asentistas y sus escandallos de plomo en los pecios. Entre cabos, apa­rejos y bastimentos aparecen esos vestigios arqueológicos subacuáticos: cajas de cauda­les, monedas, discos, barras de oro y plata... cuya exposición al público «ayuda a los bar­cos que yacen en el fondo del mar a termi­nar sus viajes», como expresara Françoise Riviere, subdirectora general para la Cul­tura de la UNESCO, en su atento mensaje con motivo de la apertura del Museo Casti­llo de la Real Fuerza. Son los casos —entre otros— de los navíos Almiranta Nuestra Señora de las Mercedes y Sánchez Barcaíztegui, los cua­les naufragaron por diversos motivos, no obstante contar con instrumentos de na­vegación tan preciados como sextantes, octantes y brújulas. Notorio es que inte­gren la colección habanera tres astrolabios (siglo XVII) de los 65 declarados que se conservan en el mundo.



A los vestigios arqueológicos subacuáticos, se su­man los hallazgos efectuados recientemente por el Ga­binete de Arqueología (Oficina del Historiador de la Ciudad) durante las excavaciones en la propia fortifi­cación. Proyectiles, restos de armamentos, accesorios de vestimenta militar, monedas y orfebrería religiosa son expuestos en una sala monográfica. El discurso museológico dedica un amplio espa­cio en la segunda planta a reivindicar el modelismo naval. Los ejemplos abarcan desde el gran vapor Juan Sebastián Elcano (1926), de la Compañía Trasatlán­tica de Barcelona, hasta la embarcación de papiro Ra II, protagonista de la expedición de Thor Heyerdahl por el Océano Atlántico en 1970.



Pero la más significativa prueba de ese bello arte será —sin dudas— el gran modelo del Santísima Tri­nidad que, a cargo de especialistas cubanos, contribuirá con creces a que el amplio público conozca una de las facetas más apasionantes de la historia naval en Cuba: el desarrollo de su industria naviera durante el proceso de reorganización de la Real Armada, cuando por Real Orden del 27 de junio de 1713 se iniciaron las obras del futuro Real Arsenal de La Habana. En su sierra hidráulica, movida por la fuerza del agua de un ramal de la Zanja Real, fueron aserrados los componentes del Rayo, San Carlos, San Pedro Alcántara y el mencionado Santísima Trinidad, conocido este último como el «Escorial los Mares» por ser el más grande navío de su tiempo, el único con cuatro puentes.

Esos bajeles eran arbolados en La Machina, reproducida en una maqueta realizada con la madera original de ese mecanismo. No pocas sorpresas cabría esperar de continuar buscando los restos de la anti­gua muralla marítima en las cercanías de la fortificación, pues los lienzos de aquélla engarzaban con esta última hasta que fueron derruidos tras la ampliación de la Avenida del Puerto en 1929.

Fuente:
Tomado de Opus Habana
Autor FERNANDO PADILLA, miembro del equipo editorial de Opus Habana.
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