LA TOMA DE LA GRAN CIUDAD BLANCA (I)

Por: Mario Coyula Cowley

La Habana fue una ciudad más española que las de otras colonias iberoamericanas en el continente, emancipadas ocho décadas antes. La población indígena en Cuba era subdesarrollada y escasa, y fue exterminada y asimilada muy rápidamente, dejando pocas huellas en la cultura material cubana, excepto la típica choza de palma, el bohío, y algunas comidas elementales que han tenido el raro privilegio de pasar de pobres a lujosas. En cambio, hacia 1817 la población de color superaba en 45 mil a la blanca, y veinte años después se alcanzó el pico en la importación de esclavos traídos del África Occidental y Angola. El aporte cultural africano fue muy importante para el patrimonio intangible, especialmente los cultos religiosos sincréticos, música y danza; pero tampoco influyó en las estructuras territoriales y la imagen urbana, que estuvo dominada por códigos y valores europeos, ya mestizados en épocas tempranas con vestigios mudéjares. Entre fines del siglo XVIII y principios del XIX llegaron a Cuba cerca de treinta mil colonos franceses huyendo de Haití y de la Luisiana. Esa inmigración trajo adelantos en la producción de azúcar y café, y además dejó una huella importante en la cultura y las costumbres, sobre todo en el extremo oriental del país.

Por otra parte, ye desde mediados del siglo XIX comenzó a sentirse con fuerza la influencia estadounidense, combinada con el despertar del sentido de nacionalidad en una burguesía naciente y un patriciado criollo rico, ilustrado y emprendedor. Ellos comparaban favorablemente a la joven república del Norte con la ancestral opresión de la metrópoli europea sobre una colonia que ya por esa época era su principal fuente de ingresos. Ese sentimiento de cubanía se construyó pasando distintas etapas, anexionismo, reformismo, autonomismo y finalmente independentismo. Todas estas influencias reforzaron el carácter blanco de la ciudad. La cultura de los esclavos africanos sobre los que se apoyó la boyante economía de plantación en el XIX cubano, fue incomprendida y reprimida por mucho tiempo. Los negros y pardos libertos, en gran parte dedicados a oficios, habían ido poblando algunos barrios habaneros pobres de extramuros. Mayoritariamente habitaban en solares o ciudadelas, con tiras dobles o sencillas de locales a lo largo de un patio largo, estrecho y profundo, donde en cada habitación se hacinaba una familia completa. Otra forma de infravivienda, también muy asociada a raza, fue la cuartería: antiguas mansiones devenidas tugurios, subdivididas horizontal y verticalmente con las ubicuas barbacoas –entrepisos improvisados para aprovechar los altos puntales originales.


Tampoco desarrolló tipos propios de vivienda la inmigración china, fundamentalmente cantonesa, que sustituyó a los esclavos africanos. Esa comunidad se agrupó en un barrio de la ciudad central pero insertada en edificaciones que seguían modestamente los códigos del neoclasicismo y el eclecticismo europeos. Este componente étnico está en extinción debido a que esa inmigración fue mayoritariamente masculina, y no ha habido reposición. A pesar de la fuerte participación de negros y mestizos en el Ejército Libertador durante las guerras independentistas del último tercio del XIX, la oficialidad era predominantemente blanca, y varios de los principales jefes negros murieron en combate. Durante el primer cuarto del siglo XX entraron a Cuba más inmigrantes españoles que en todos los cuatro siglos anteriores de dominio colonial; y en mucha menor medida empezaron a llegar judíos europeos, especialmente a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Con un siglo de retraso, parecía estarse cumpliendo la estrategia de blanqueamiento de la población de la Isla, recomendada por los ideólogos del patriciado terrateniente criollo ya desde fines del siglo XVIII para evitar el Peligro Negro tras las revueltas de Haití. La cruel represión del alzamiento del Partido Independientes de Color en 1912, con más de tres mil muertos, muchos asesinados después de rendirse, fue un mensaje claro de la oligarquía blanca para los negros inconformes con su marginación.

Si La Habana colonial española fue blanca, también lo fue la republicana. Eso era evidente en la cultura y patrones de conducta que imponían la clase dominante; así como en el diseño urbano y el paisaje de la calle, la arquitectura, paseos y parques, comercios, cafés y teatros; y en las calles comerciales, verdaderos centros lineales que estructuraban el tejido urbano. Hacia los 1920s, Buenos Aires y La Habana eran las dos grandes ciudades de América Latina, pero La Habana ya había empezado a tomar un aspecto majestuoso en el último tercio del XVIII, reforzado con las reformas urbanísticas en la década de los 1830s. Desde mediados del XIX un barrio completo, "El Cerro", se pobló con espléndidas casas-quintas de arquitectura neoclásica donde el patriciado criollo escapó de la convivencia con estratos sociales inferiores, pero también del cólera que en 1833 mató a ocho mil habaneros en tres meses. Esas epidemias eran causadas por el hacinamiento que ya golpeaba a la antigua ciudad amurallada, situada al final del acueducto a cielo abierto de 1592, primero hecho por europeos en América. El apogeo de este barrio duró poco, y ya en el último cuarto de ese mismo siglo la construcción de nuevas villas palaciegas se detuvo.

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