LA TOMA DE LA GRAN CIUDAD BLANCA (IV)

Ya desde los años 1990s la población de la ciudad de La Habana empezó a decrecer, y también a envejecer. En eso influye la emigración hacia el extranjero, mayor en la capital y mayoritariamente blanca; la baja natalidad causada por las dificultades materiales para criar hijos, especialmente la alimentación y la falta de viviendas; y el alargamiento de la esperanza de vida. Durante varias décadas después del triunfo de la Revolución el saldo migratorio interno hacia la capital se mantuvo numéricamente bajo, pero después creció significativamente por las severas carencias del Período Especial. En realidad, el problema de la migración hacia la capital había sido hasta entonces más cualitativo que cuantitativo. En 1997 se reguló el acceso a La Habana. Paradójicamente, de esa manera se disuade a los mejores, con lo que se consigue empeorar la composición social de los que siguen llegando. Muchos de esos inmigrantes son de la zona oriental de Cuba, históricamente más pobre y más oscura, que reciben el nombre peyorativo de palestinos, acusados de agravar la situación de los habitantes de la capital. Esa discriminación interna se hace sentir de manera indirecta en una preocupante violencia en ascenso entre los partidarios de los equipos de béisbol de la capital y la ciudad de Santiago de Cuba.


Aunque muy difícil de calcular, el monto de las remesas enviadas desde el extranjero por personas que fueron públicamente repudiadas al momento de irse del país supera a las ganancias de la zafra azucarera, que siempre había sido la base de la economía nacional. Los primeros cubanos que emigraron después del triunfo de la Revolución, poniendo a un lado a los directamente asociados a la dictadura batistiana recién depuesta, eran personas con educación, habilidades para los negocios y gustos refinados. Pero las sucesivas oleadas a partir del éxodo del Mariel en 1980 y los balseros en 1994 incluían a otros con diferentes patrones culturales y sin referencias a una calidad de vida superior.

Ellos reelaboraron, desde su (muchas veces) segundo desarraigo en el extranjero, unos valores distorsionados que han brotado espontáneamente después de la defoliación radical que significó la Revolución, y que alteró los modelos de éxito, hábitos, modas, lenguaje y costumbres que cada antiguo sector social habitualmente intentaba copiar del estrato inmediato superior, en su búsqueda por escalar la pirámide social. La crisis de valores es una preocupación recurrente en autoridades e intelectuales, pero el primer problema está en cómo darle valor a los valores, es decir, cómo pueden influir en una movilidad social ascendente.

Para ello, deberán traer algún beneficio directo y visible a quienes los practican. Esto se complica con la conformación de un nuevo modelo perverso de éxito, individualista, amoral y ramplón.

En el último medio siglo la forma de hablar ha cambiado mucho. Las particularidades de esta nueva habla ha llegado a un nivel casi caricaturesco, ya no limitado a confundir la “V” con la “B”, aspirando o simplemente prescindiendo de la “S” final, o doblando las consonantes a expensas de otra vecina. Pero más llamativa es la epidemia de nombres inventados –una pesadilla para notarios y escribanos-- que han sustituido a los del santoral católico español. Curiosamente, esos nuevos nombres abusan de la letra “Y” -- Misleidys, Yusimí, Viocyshandry-- mostrando así un gusto por lo exótico que puede reflejar escapismo o la necesidad percibida de individualizarse y separarse de la masa anónima. La dicción mutilada había estado casi siempre asociada a la raza negra, antes sojuzgada, pero ahora se ha vuelto común, sobre todo en la juventud, incluyendo también algunos términos de la jerga de los delincuentes, y el uso desprejuiciado de palabras obscenas, más chocante todavía en boca de jovencitas angelicales vestidas con sus uniformes escolares. Todo esto ha sido probablemente resultado de la integración y la masividad en las escuelas, incluyendo a los maestros, muchas veces poco preparados; y también a la influencia de un realismo populista en las influyentes telenovelas.

Entre 1993-94 la crisis obligó a un grupo de reformas y aperturas económicas, como la legalización de la tenencia del dólar por ciudadanos cubanos, la apertura al turismo y a las inversiones extranjeras, la entrega de 2.6 millones de hectáreas de tierras estatales a cooperativas de producción agropecuaria para garantizar la alimentación de la población, una ampliación del trabajo por cuenta propia, la experimentación con tecnologías blandas de bajo impacto ecológico, mayor descentralización y una participación más activa de la población. Sin embargo, esas medidas se vieron como necesidades impuestas por una emergencia, aceptadas con disgusto, sin entender su racionalidad. Curiosamente, desde fines de la década de los Noventa comenzó a extenderse una percepción oficial de que la macroeconomía estaba mejorando, con una consecuente tendencia a volver a una mayor centralización estatal e incluso a regresar a tipos y modelos cuya inviabilidad urbanística, económica, ecológica y social parecía haber quedado demostrada.

Por: Mario Coyula Cowley (4ª Parte)
Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Rehabilitación de “San Ignacio, 360”. Plaza Vieja, Habana Vieja.