LA TOMA DE LA GRAN CIUDAD BLANCA (V y final)


La Habana cambia

La Habana oficial pre-revolucionaria --urbana, cosmopolita, blanca y pequeñoburguesa-- ha sufrido una readecuación espontánea que responde a los intereses de nuevos actores en nuevos escenarios. Durante un tiempo los cambios fueron al interior de las edificaciones, limitados a nuevos usos del antiguo cascarón, pero después comenzaron a eclosionar. Esos cambios en la imagen y funcionamiento de la ciudad se han hecho aún más visibles con la crisis económica y un paralelo relajamiento suicida en el control urbanístico, con distorsiones generalizadas, visibles y permanentes. Eso refleja una creciente indisciplina social que ha tomado la calle por asalto. A esto se añade el déficit acumulado y malas condiciones de la vivienda, agravado por el hacinamiento y la pérdida de centralidad en la ciudad compacta tradicional; mientras las inversiones inmobiliarias, para el turismo y el comercio en moneda dura se han concentrado en la franja costera del oeste, ya privilegiada desde los años Veinte, con una preocupante dependencia creciente al automóvil. El transporte público ha pasado de 2,200 ómnibus en 1989 a unos 400 funcionando en 2007, con una muy ligera reanimación en 2008, cuya manifestación más visible es la desaparición de esos monstruosos almacenes de pasajeros, los camellos. Ese déficit agrava las diferencias entre los ciudadanos que viajan en auto y los que no. La desigualdad se refuerza con la existencia de dos monedas --la nacional, en la que se pagan los salarios, y la convertible, 26 veces más valiosa, en la que se cobran muchos bienes y servicios --excepto salud y educación, que son gratuitas. Ambas fueron por mucho tiempo consideradas los dos grandes logros del gobierno revolucionario, pero la crisis finalmente ha llegado a tocarlas.

Paralelamente, los macetas --esos pobres-nuevos-ricos con acceso a moneda dura, por medios muchas veces ilícitos-- han empezado a imponer sus propios gustos y pautas de vida que ya se proyectan hacia la vía pública, posiblemente triangulados desde Hialeah, en un viaje de ida y vuelta La Habana-Miami-La Habana. Ello ha producido hibridaciones y mutaciones que repercuten sobre el medio construido, apartándose cada vez más de la imagen coherente de la ciudad tradicional que había impuesto la anterior clase dominante y su cultura oficial blanca, con una fuerte influencia primero europea y luego estadounidense.

En realidad, ese fenómeno había empezado antes, con la migración proveniente de zonas rurales y ciudades y pueblos del Interior, que vinieron a la capital buscando oportunidades para una vida mejor. Su antecedente fue probablemente la Reconcentración forzosa en 1896 de campesinos en las ciudades, ordenada por el Gobernador español Weyler para privar de apoyo a los patriotas cubanos que luchaban por la independencia, y que costó cerca de 200 mil muertes en un país de un millón de habitantes. Esa cruel medida también dio origen a barrios completos de casuchas improvisadas en la periferia urbana y zonas intersticiales, precursores de los llamados barrios insalubres, y que en otros países se conocen por callampas, favelas, shantytwons, bidonvilles y villas miserias, o por el eufemismo de pueblos jóvenes.

La política del gobierno revolucionario de urbanizar el campo dirigió por mucho tiempo las inversiones estatales a mejorar las condiciones de vida en las zonas rurales y las ciudades del Interior del país. Más de 600 nuevos pueblos rurales fueron construidos desde 1959, buscando estabilizar la fuerza de trabajo agrícola, pero eso no se consiguió en la medida deseada. La migración desde las zonas rurales se desvió hacia las ciudades más cercanas, que doblaron su población mientras triplicaban su área. En cambio, se fue produciendo una ruralización espontánea de la capital, con la proliferación de casetas de tablas, lata y desechos, ranchones de guano que ya habían sido prohibidos en varias ocasiones por el gobierno colonial, siembras de plátanos y cría de animales de corral, sopones campesinos cocinados con leña en los parterres de La Habana --donde muchos árboles han sido talados porque recuerdan demasiado el medio rural de donde un día escaparon sus asesinos-- carretones tirados por caballos para compensar el déficit de ómnibus, o tractores circulando por calles deterioradas que cada vez se acercan más a la tierra original.

Macetas y ex-campesinos, marcados en mayor o menor grado por el desarraigo y con modelos de éxito elementales, muy diferentes a los de los antiguos sectores blancos dominantes en la capital, se combinaron con una marginalidad urbana que había persistido dentro de los bolsillos de pobreza en los tugurios de la ciudad central y en los barrios de viviendas precarias autoconstruidas en la periferia. Esa población excluida era siempre más oscura. La cultura de los sectores antes dominados –obreros, campesinos, negros-- fue reivindicada por el gobierno revolucionario por razones de justicia social fácilmente comprensibles.

Pero, como a menudo sucede cuando se quiere corregir una injusticia, el peso de esos sectores dentro de la cultura nacional fue posiblemente exagerado, lo que se puede explicar porque darle golpes a un tambor es más agradable que recibirlos como boxeador, y se dura más en el oficio.

Curiosamente, en años recientes se observa un florecimiento de grupos de danza española, lo que parece relacionarse con la búsqueda del antepasado ibérico para obtener esa ciudadanía. Ese pasaporte facilita viajar al extranjero y recibir una pensión en euros del gobierno español. Se ha señalado una tendencia a emplear preferentemente personas blancas en las actividades de administración y servicios relacionadas con extranjeros, muy buscadas por el acceso a propinas y otras ventajas. También hay un decrecimiento ostensible en la cantidad de negros que acceden a la educación superior en algunas carreras, lo que puede deberse al poco aliciente económico para el desempeño profesional en esas esferas, unido a las malas condiciones de vivienda, que influyen en la posibilidad de estudiar en casa. Eso es menos crítico para los jóvenes provenientes de un medio familiar con más recursos, generalmente con más alto nivel educacional, y también más blancos, que pueden darse el lujo de esperar tiempos mejores mientras son mantenidos por su familia, o se preparan para emigrar con un título universitario bajo el brazo.

Por otra parte, los gustos y pautas de vida de los pobres-nuevos-ricos ya se proyectan hacia la vía pública, apartándose cada vez más de la imagen coherente y occidentalizada de la ciudad blanca tradicional. Altas tapias, nunca antes usadas en Cuba, con entradas ridículamente coronadas por tejas criollas y alardosos portones de madera de cedro barnizado, se han convertido en un símbolo de status para gente que se debate entre ostentar su patética riqueza o esconderla, para evitar investigaciones sobre su origen. Estas formas primitivas y poco cívicas responden a una cultura de la supervivencia, la del sálvese quien pueda, que se mezcla con la cultura del aguaje, hacer que se hace, o más bien hacer ruido sin estar haciendo nada, como los jugadores de dominó cuando dan agua (revuelven) las fichas.


Existe el peligro de que se refuerce una ciudad dual, de un lado La Habana Costera –accesible, cosmopolita y blanca-- para los extranjeros residentes y turistas, funcionarios, corporaciones y empresas mixtas, con su atrezzo acompañante de plantas generadoras eléctricas de emergencia, shopping centers, teléfonos celulares y autos japoneses, desvinculada de La Habana Profunda, descapitalizada, tugurizada, amorfa --la ciudad del cubano de a pie-- también más oscura. Eso afectaría la mezcla vital de coherencia y diversidad que ha caracterizado a la capital.



Los resultados del último censo de población, liberados después de una larga espera, parecen indicar un cambio en la composición racial de la población, con un decrecimiento del porciento de blancos y de negros, y un crecimiento de los mestizos. Pero alcanzar un color de piel ocre claro uniforme en toda la población no es una garantía de igualdad. El mestizaje racial, social, económico, cultural-- que aparentemente ayuda a resolver los problemas de la discriminación y la desigualdad, aumenta la vitalidad y abre nuevas oportunidades-- sin embargo afecta a la especificidad cultural de grupos humanos o territorios, haciéndolos cada vez más homogéneos, como sucede con la globalización. Por otra parte, el folklore puro es raras veces atractivo para los que no sean etnólogos. Igual sucede con las comidas exóticas, que cuando gustan es porque ya han sido suavizadas. Ese folklore, si es auténtico, refleja en gran medida superstición, atraso, pobreza, machismo y violencia. Y si no lo es, se convierte en una melcocha para turistas.

En definitiva, si la mayor blancura de piel implica un más fácil acceso a mejores empleos y condiciones de vida, y con ello se valorizan los patrones de conducta correspondientes, las uniones de parejas interétnicas –que con la Revolución habían aumentado-- tenderán a disminuir. A su vez, la tan buscada identidad nacional o local no es más que el resultado de mezclas e influencias exteriores diversas que han tenido tiempo suficiente para decantarse y ser digeridas hasta convertirse en algo nuevo y propio donde ya no se reconoce el origen de los componentes. La velocidad conque ahora entran las influencias en este mundo globalizado dificulta mucho ese proceso de decantación y asimilación. El problema no es fácil, porque la identidad y el sentido de pertenencia no pueden buscarse por la vía del aislamiento, el dogmatismo y la xenofobia.

Identificar como un recurso aquello que convencionalmente se consideraba como un problema, la descentralización y participación efectiva de los residentes locales en las decisiones que les interesan, el potenciamiento de la economía local y familiar, el empleo del convoyaje en las nuevas inversiones, induciendo obras de visible interés social directo para su entorno inmediato; el uso de incentivos y desincentivos como el precio del suelo, el derecho de edificación, la exención de impuestos y las regulaciones urbanas sobre la intensidad de uso del suelo; la búsqueda de un modelo de desarrollo mixto que mantenga el balance funcional y social; y el aprovechamiento del potencial de los espacios públicos como herramienta estructurante, identificadora, valorizadora del suelo urbano y niveladora de desigualdades, son algunas de las posibles vías que La Habana deberá encontrar para evitar una segregación y un anonimato que después serían más difíciles de corregir.

Muchas de esas vías ya han sido experimentadas con mayor o menor éxito en otros países para defenderse de las presiones especulativas del mercado, pero en el caso de Cuba todavía no hemos sido vacunados contra esos problemas, nuevos para nosotros. Eso nos hace más vulnerables. El hiperdesarrollo desenfrenado que afrontan algunas grandes ciudades asiáticas, copiando lo peor de Occidente, es un aviso ominoso, pero la solución no es cerrarse al mundo. Durante un tiempo los cubanos tendremos que coexistir con la vieja limitación de la falta de dinero, junto a la nueva amenaza de mucho dinero entrando demasiado rápido. Peor todavía es que esas agresiones pueden ser recibidas con una sonrisa por los incautos nativos nuevamente deslumbrados con espejitos, y tomarlas como una señal de desarrollo impuesta por otros nuevos conquistadores. Los cambios rápidos pueden traer daños irreversibles para la ciudad y para la sociedad, pero ningún cambio es igualmente malo. Por otra parte, siempre es mejor hacer a tiempo los cambios inevitables, antes de que se impongan por sí mismos. Todo ello demanda que la ciudad y sus habitantes sean capaces de pagarse a sí mismos. Hacer que se haga es más importante que hacer.

Por: Mario Coyula Cowley (La Habana, 1935). Conferencia de apertura en el Coloquio Nacional por la Arquitectura Cubana, impartida el jueves 10 de septiembre de 2009.
5 comentarios

Entradas populares de este blog

Rehabilitación de “San Ignacio, 360”. Plaza Vieja, Habana Vieja.