PEDRO MARTÍNEZ INCLÁN, PRIMER URBANISTA CUBANO (I)




La ansiada imagen de una capital moderna
Por: Roberto Segre


Despiertan hoy en la mente algunas reflexiones al rescatarse la figura de Pedro Martínez Inclán (1883-1957) consagrado, según el historiador Joaquín E. Weiss, como primer urbanista de Cuba. Fundador en 1924 de la cátedra de Arquitectura de Ciudades, Parques y Jardines en la Escuela de Arquitectura de La Habana -con anterioridad a la homóloga creada en Rosario (Argentina) por Carlos María Della Paolera en 1929, y al primer curso de urbanismo impartido por el especialista austríaco Karl Brunner en Santiago de Chile en 1930- difundió en el Caribe la Carta de Atenas interpretando críticamente su contenido, adaptándola a la realidad latinoamericana, un cuarto de siglo antes que lo hicieran superficial y banalmente, los llamados “grandes maestros de la arquitectura” reunidos en Machu-Picchu (1977). Nadie recordó en La Habana el centenario de su nacimiento (1983), y sólo en la presente ocasión (1993), por iniciativa del arquitecto Mario Coyula, se lleva a cabo este acto en el Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, al celebrarse nuevamente en Cuba el Día Mundial del Urbanismo.

¿Por qué este rescate al cabo de treinta y cinco años de Revolución? ¿Por qué, ante la trascendencia alcanzada por el urbanismo y la planificación en a acción transformadora de territorio urbano y rural como en la segunda mitad del siglo XX, este olvido de quien, toda una vida luchó por una Ley Nacional de Planificación, fustigó persistentemente la corrupción política de los gobernantes de turno y cuestionó la primacía de los intereses económicos privados sobre el espacio social? Sin duda alguna, Martínez Inclán fue el primero en plantear la necesidad de una educación profesional especializada en esta materia e intentó crear una conciencia ciudadana a través de la prensa y los órganos de difusión popular sobre la importancia de los planes reguladores que permitieran un crecimiento equilibrado de la ciudad y un ambiente “artístico” acorde con la necesaria felicidad surgida de las esperadas relaciones armónicas de la comunidad urbana. Este fenómeno ocurrió, en parte, debido al corte brusco y traumático generado por la reducción esquemática de la imagen de la realidad inherente a un proceso revolucionario, en el cual, la antítesis entre pasado y presente se correspondía con antagonismos y contraposiciones radicales, manifiestos en indeclinables negaciones.

Aunque la Revolución se fundamentó en un proceso histórico iniciado con las gestas de Independencia -de Carlos Manuel de Céspedes a Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo-, que cerrara los “cien años de lucha”, esta continuidad no estuvo presente en todas las manifestaciones culturales o científicas. En pintura, literatura, música, etc., existieron figuras predominantes desde la década de los años cincuenta -Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, Wilfredo Lam, entre otros- que establecieron la continuidad de los valores culturales, el pensamiento y sus obras concretas, entre el “antes y el después”. Por el contrario, en las diferentes escalas del diseño, debido a los radicales cambios de contenido de las funciones, de las técnicas y de los fundamentos económicos de las nuevas construcciones planteadas a partir de 1959, se desintegró la articulación cultural de la arquitectura y el urbanismo, al emigrar una parte del grupo esencial que dominaba el saber profesional, tanto en la producción, la educación y las organizaciones gremiales. Los antagonismos ideológicos, políticos y económicos; la necesidad de consolidar las conquistas de la Revolución aún débil y acosada externa e internamente, generaron un caldo de cultivo a posiciones extremistas y condicionaron la visión de pasado, filtrada por un ideologismo reduccionista que no aceptaba matices ni diferencias. Todo se tiñó de blanco o negro, de burgués o proletario, de progresista o reaccionario. No resulta tan lejano el día en que en la Escuela de Arquitectura de La Habana se propuso suspender el estudio de la arquitectura moderna de los países capitalistas sustituyéndola por la historia de la construcción en los países socialistas. De allí también la negación global, sin matices, de lo realizado en Cuba en las décadas de los años cuarenta y cincuenta, la desaparición de los autores en el gris y amorfo anonimato -tal como ocurrió en el libro Diez años de arquitectura en Cuba revolucionaria- que supeditaba las indiscutibles expresiones de la cultura ambiental a la primacía de los procesos sociales y económicos.

De allí la necesidad de profundizar y reescribir la evolución de la arquitectura y del urbanismo del presente siglo para delinear la articulación existente entre los tres grupos generacionales que configuraron la imagen ambiental de La Habana: la monumentalización académica; la primera modernidad y la contemporaneidad de la Revolución. Pedro Martínez Inclán resulta una figura de transición cuyos postulados, adaptados a una realidad cambiante, establecieron un puente entre la primera y segunda generación de arquitectos. De allí su atractivo para los que vivimos una historia cargada de sorpresas, de mitos ancestrales que reafloran, positiva o negativamente en las conciencias humanas. Él perteneció al grupo de hombres de cultura que en las primeras décadas del siglo intentaron configurar los atributos expresivos de la nación cubana: Ramiro Guerra, José Luciano Franco, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Raúl Roa, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Rubén Martínez Villena, Emilio Roig de Leuchsenring. En arquitectura la enumeración sería demasiado extensa; citemos a Eugenio Rayneri y Piedra, Leonardo Morales, Enrique Montoulieu, Raoul Otero, Miguel Angel Moenck, Canos Segrera, José Leticio Salcines, José María Bens Arrarte, Luis Bay Sevilla, Emilio de Soto, Joaquín Weiss, Evelio Govantes, Félix Cabarrocas, Rafael de Cárdenas, Enrique Luis Varela, Alberto Camacho, Walfrido de Fuentes, Alberto Prieto, Eugenio Batista y otros.

La obsesión de los primeros hombres de la República era el progreso o por lo menos su representación material. A pesar de los momentos de esplendor alcanzados en el siglo XIX, las sangrientas guerras de la independencia que se prolongaron hasta 1898 habían frenado el desarrollo del país. Si bien La Habana era la principal ciudad antillana -un cuarto de millón de habitantes, cuando Santo Domingo no llegaba a los veinte mil y San Juan a los cuarenta mil-, resultaba rezagada respecto a las restantes capitales del Continente, configuradas por las iniciativas proyectuales urbanas de los estados liberales, que comenzaban a materializarse a partir de 1880.

España, ya desde 1860, había reducido al mínimo su acción constructiva en la capital de la isla, en particular las infraestructuras técnicas urbanas, que luego se acometieron con vigor durante el breve período de la intervención norteamericana. Por lo tanto, en la República, el progreso no era identificado con España -país que acababa de perder la guerra y representaba el aborrecido poder colonial- sino con Francia, en las manifestaciones culturales, y con Estados Unidos, en los avances tecnológicos. El objetivo de los nuevos gobernantes consistía en hacer de La Habana una ciudad moderna, en concordancia con el modelo vial haussmaniano y las tipologías monumentales de los edificios públicos que expresaban la cultura burguesa al poder, tanto en París, Londres, Nueva York o Washington.


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