PEDRO MARTÍNEZ INCLÁN, PRIMER URBANISTA CUBANO (II)

Pedro Martínez Inclán se gradúa en 1911, a la edad de 28 años -se inició con modestia en el cargo de maestro de escuela-[1], en la Escuela de Ingenieros y Arquitectos de la Universidad de La Habana. Recibió allí una formación académica rigurosa basada en la metodología de diseño Beaux Arts, impartida por el equipo de profesores que habían fundado la escuela en 1900: Eugenio Rayneri Sorrentino, Aurelio Sandoval García, Antonio Espinal Bestard, Andrés Castellá Abréu y otros. Recién graduado, comenzó a trabajar profesionalmente en la construcción de residencias y apartamentos -asociado con R. J. Ibern, P P Gastón, M. Díaz, A. Maruri- en correcto estilo clásico francés y se integró en 1913 a la administración estatal al ocupar el cargo de Jefe de la Sección de Arquitectura en el Departamento de Fomento del Ayuntamiento de La Habana, dirigido por el Arq. Rodolfo Maruri[2]. Allí comenzó su primer contacto con los problemas urbanos. El alcalde de La Habana durante el período 1912-1916, general Fernando Freyre de Andrade -patriota de la guerra de Independencia- mantuvo una postura administrativa de gran honestidad que influyó en la actitud ante la vida de Martínez Inclán: este nunca supeditó los criterios y decisiones técnicas y urbanísticas a las presiones de los intereses políticos. En esta etapa de fervor constructivo -había comenzado en Cuba la “danza de los millones”- él impuso normas estrictas en cuanto a la presentación de los planos de obra, exigiendo la total responsabilidad del arquitecto, tanto técnica como estética. Comenzaba entonces a difundirse el empleo del hormigón armado y su interés por las innovaciones le llevó a escribir, en 1917, un artículo en la revista de arquitectura del Colegio de Arquitectos sobre el sistema de placa continua sin vigas patentado en Estados Unidos[3] el mismo cuya paternidad luego se atribuyó Le Corbusier en la estructura Domino aplicada a la construcción de viviendas (1914)[4]

En esta década madura la vocación de urbanista de Martínez Inclán, sin por ello abandonar los estudios sobre el arte y los proyectos arquitectónicos, actitud expresiva de su concepción “ambientalista” del entorno urbano. En primer lugar, percibe la insoluble contradicción entre los intereses especulativos que generan el crecimiento arbitrario de la ciudad -en este período se multiplican los “repartos” residenciales[5]- y la necesidad de prefigurar un esquema director que le otorgue unidad y coherencia a las múltiples estructuras funcionales; permitiendo la supuesta coexistencia armónica de los diversos grupos sociales. En segundo lugar, acude a las fuentes europeas de la “ciencia” urbana.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial viaja a París para estudiar los ejemplos de casas económicas, parques urbanos y espacios recreacionales. Allí se relaciona con la Escuela de Altos Estudios Urbanos de la Universidad de París y el equipo de profesionales franceses encabezados por Marcel Poéte, que entonces dominaba la escena profesional a través de concursos o asesorías técnicas realizadas en diversas partes del mundo: León Jaussely en Barcelona (1904), Joseph Bouvard en Buenos Aires (1907), Henri Prost en Amberes (1910), Donat-Alfred Agache en Camberra (1911), Jacques Gréber en Filadelfia (1917) -con quien tiene contacto personal Martínez lnclán[6]-, Ernest Hébrard en Salónica (1919) y los estudios sobre la transformación vial de París de Eugéne Hénard y de sus áreas verdes por J C. N. Forestier[7]. Esta experiencia le permite madurar una visión integral de La Habana, basada en sus propias características específicas, naturales, climáticas, ecológicas, culturales y sociales. A la edad de cuarenta años, decanta sus experiencias de viajes, su percepción de las ciudades tradicionales, tanto europeas como norteamericanas, e inicia su labor pedagógica en las aulas universitarias.

Los contenidos culturales del Arte Cívico

El primer cuarto de siglo constituye el período de consolidación de la imagen “moderna” de la ciudad de La Habana, frente al estancamiento y el subdesarrollo identificado en aquel entonces con las construcciones coloniales. No es casual el ensalzamiento de los edificios de carácter simbólico -o sea realizados con los códigos del historicismo académico- contenido en los pocos libros editados en estas décadas, popularizado también por la fábrica de tabacos Susini[8]. Sin embargo, el florecimiento arquitectónico no estaba acompañado por un trazado urbano acorde con la monumentalidad otorgada a las funciones sociales. En términos de un diseño integral, solo existía el barrio Vedado -según Mario Coyula, una síntesis entre el Plan Cerdá y la Ciudad Jardín[9] - y los dos ejes viales perpendiculares trazados en el siglo XIX: el Paseo del Prado y la Calzada de la Reina-Carlos III[10]. En la ciudad “extramuros” y a lo largo del ring creado por la eliminación de las antiguas murallas[11], se establecieron los símbolos del Estado -el Capitolio, el Palacio Presidencial, el Instituto de Segunda Enseñanza- y del persistente poder económico de la comunidad española: el Centro Gallego y el Centro Asturiano[12]. ¿Por qué entonces esa temprana preocupación por definir un nuevo centro urbano, distante del espacio del Parque Central, núcleo originario del ámbito caracterizado por los “criollos” durante la gesta Independentista? Aunque los proyectistas de las sucesivas iniciativas de traslado del centro no lo afirmen explícitamente, los monumentos erigidos por la República quedaban aislados y alejados del hábitat burgués y, por el contrario, rodeados de las estructuras funcionales y residenciales del proletariado. Fenómeno único en la historia urbana de América Latina: que dos importantes fábricas de tabacos estuviesen situadas frente al Capitolio o al Palacio Presidencial, acompañadas por las viviendas modestas de los trabajadores, expandidas en el área de “Centro Habana”. No es casual entonces que Raoul Otero, en su tesis de grado presentada en 1905 señalara como centro de La Habana futura, el espacio vacío de la Ermita de los Catalanes, que la misma idea fuera sostenida por el urbanista Camilo García de Castro en 1916, y reafirmada por el Ingeniero Enrique J. Montouleu de La Torre en su discurso de Ingreso a la Academia de Ciencias de Cuba en 1923 [13].También existían propuestas de ejes viales que vinculasen La Habana colonial con los nuevos repartos periféricos e iniciativas como la planteada por Walfrido de Fuentes de ensanchar las estrechas calles del centro histórico[14].


Esquema del Plan propuesto por Enrique Montoulieu para el crecimiento de La Habana, 1923


[1] PRIETO, Alberto. “ln Memoriam. El arquitecto Pedro Martínez Inclán” en Arquitectura 285. La Habana; junio 1957. P. 170.

[2] IBERN, Ramiro J. “El Día Mundial del Urbanismo celebrado en el Ayuntamiento” en Arquitectura 293. Año XXV. La Habana; diciembre 1957. P. 603.

[3] MARTINEZ INCLAN, Pedro. “Sistema de placa continua sin vigas” en Arquitectura 4. Vol. 1. La Habana; octubre 1917. P. 24. Con el sistema patentado por Turner (1911), el Spider Web System, fueron construidos dos edificios en La Habana: uno frente al muelle de Paula y un almacén frente al Palacio Presidencial.

[4] Le Corbusier realizó el diseño de la estructura con el ingeniero Max Dii Bois, supuestamente inspirado en el modelo que apareció publicado en un folleto de la American Portland Cement Association. GR EG H, Eleanor. “The Dom-Ino Idea” en Qppositions 15/16. Cambridge: MIT Press; 1979.R61.

[5] VALLADARES Y MORALES, Angel Luis. Urbanismo y Construcción. La Habana: Imp. P Fernández; 1947. R 348. La década se caracteriza por los “ensanches” residenciales y la expansión de la pequeña burguesía hacia el sureste de la ciudad y la alta burguesía hacia el oeste, a lo largo de la costa.

[6] MARTINEZ INCLAN, Pedro. “Los jardines públicos y su moderna concepción” en Arquitectura 91. La Habana; febrero 1941. P68.

[7] BORDOGNA, Enrico Bordogna. “Ville Radieuse, embellissement, cittá come opera darte collettiva” en Hinterland28.AñoVl. Milán; 1983. P30.

[8] Cuba en 1925. Álbum de fotos de toda Cuba. La Habana: Henry Clay and Bock & Co. Ltd.; 1925. Ver también: A. A. y. V. La Habana y sus grandes edificios modernos. Obra conmemorativa del IV centenario de su fundación. La Habana: Pernas y Figueroa; 1919. Waltrido de Fuentes. Por elArte. La Habana: La Moderna Poesía; 1916.


[9] COYULA, Mario. “En defensa del Vedado” en Revolucióy Cultura 5/99. La Habana; 1999. P 21-25.

[10] CHATELOIN, Felicia. La Habana de Tacón. La Habana: Letras Cubanas; 1989. P 91.

[11] VENEGAS FORNIAS, Carlos. La urbanización de las Murallas: dependencia y modernidad. La Habana: Letras Cubanas; 1990.

[12] Ha sido demostrado que en la República no subsistió el antagonismo entre cubanos y peninsulares, a pesar de la guerra fraticida. MORENO FRAGINALS, Manuel. Cuba/ España. España/Cuba. Historia común. Barcelona: Grijalbo, Mondadori; 1995. R 267.

[13] ROIG DE LEUCHSENRING, Emilio. La Habana. Apuntes Históricos. T. 2. La Habana: Consejo Nacional de Cultura; 1964. R 104. MONTOULIEUY DE LATORRE, Enrique. “El crecimiento de La Habana y su regularización” en Ingeniería Civil 8. Vol. IV. La Habana; agosto de 1953. P. 567.

[14] V. R. Tingle, Armando Montenegro. La Gran Vía de La Habana. Datos y prospectos del proyecto más grande hasta ahora promulgado por el bienestar y el progreso de Cuba. La Habana: J. E. Barlow; 1923.

Por: Roberto SegreParte. Ver aquí la 1ª Parte

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