Roberto Segre en el programa "Hablando de Espacio"

Hoy “Hablando de Espacio” a partir de las 10:00 am en Habana Radio, programa sobre arquitectura y urbanismo, donde estará como invitado el reconocido profesor Roberto Segre.

Palabras pronunciadas por Roberto Segre en el otorgamiento del Título de Doctor Honoris Causa, por el Instituto Politécnico "José Antonio Echeverría", en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 18 de julio de 2007:
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En primer lugar deseo agradecer a las autoridades del Ministerio de Educación Superior; del ISPJAE, y de la Facultad de Arquitectura por el otorgamiento de este importante y emotivo reconocimiento. Y agradecer también a todos los que han concurrido a este acto solemne: miembros del cuerpo diplomático, autoridades de organismos e instituciones como la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, el Ministerio de la Construcción, la UNEAC, la UNAICC, el Ministerio de Cultura, la Oficina del Historiador de la Ciudad, y las Editoriales del Instituto Cubano del Libro, con los que siempre he mantenido estrechas y fraternales relaciones de trabajo. Y por último, a los familiares, compañeros, amigos, colegas, alumnos y discípulos que me acompañan en este momento emocionante de mi vida, en la que siento la ausencia de mi esposa e hijos queridos.

Todo reconocimiento es fruto de un trabajo serio, persistente, sacrificado, realizado con el objetivo de contribuir al avance y desarrollo de la sociedad humana. Cabe destacar que no se trabaja con el objetivo de alcanzar premios y reconocimientos, ni tampoco, todo trabajo es siempre socialmente valorizado. Por ejemplo, las tareas manuales nunca resultaron particularmente significativas si pensamos en la explotación durante siglos, en diferentes sistemas sociales, de la mano de obra de las clases menos favorecidas económicamente. De allí que Bertold Brecht se preguntase si alguna vez fueron reconocidos por su esfuerzo los constructores de pirámides, palacios y castillos. A través de la historia, poco se habló de ellos, después de las elogiadas duras faenas de Hércules. Tuvo que llegar el sistema socialista para producir un cambio de esta valoración. El punto de partida fue dado por el ejemplo de Stajánov, inventor del trabajo voluntario y héroe de la URSS, quién sirvió de modelo a todo el mundo socialista y así lograr que el esfuerzo físico, manual y productivo mereciera honores y medallas.

Mayor importancia se atribuyó al esfuerzo lúdico de los deportistas, quienes a partir de las lejanas olimpíadas en Grecia, fueron los que hasta hoy recibieron persistentemente un difundido reconocimiento mundial y acumulado infinitas copas, medallas, insignias, gallardetes y honras espirituales y económicas.

No tuvo igual suerte el trabajo intelectual, más allá de los aportes de músicos, artistas plásticos, literatos y poetas, galardonados con las tradicionales coronas de laureles. Porque no fue fácil la valorización social de quienes en su producción intelectual se propusieron cambiar y transformar el mundo, y apoyar innovaciones radicales que cuestionaban el orden imperante. Galileo Galilei, quien seguramente hubiese merecido un título de Doctor Honoris Causa por la trascendencia de sus aportes científicos, fue obligado a retractarse ante la Iglesia; y esta misma institución quemó en la hoguera a Gerolamo Savonarola y a Giordano Bruno por cuestionar dogmas obsoletos e inamovibles. También fue condenado a la horca en el siglo XV, el literato inglés quién dedicó su vida a traducir la Biblia para su uso popular, en un momento en que era prohibido hacerlo.



Afortunadamente, esta situación cambió radicalmente en el siglo XX, prolífico en premios y reconocimientos al aporte intelectual en todos sus niveles, desde el Premio Nobel en Suecia, el Príncipe de Asturias en España, los premios nacionales a la cultura en la mayoría de los países del mundo, y en nuestro campo específico de la arquitectura, el premio Pritzker, otorgado en los Estados Unidos a los diseñadores de los cuatro puntos cardinales del planeta. Pero también los regímenes totalitarios persiguieron el trabajo intelectual, de los que se recuerda la infame quema de libros y de obras de arte en algunos países europeos y latinoamericanos.

A su vez, también la Academia se preocupó por reconocer el aporte de profesores e investigadores que abrieron nuevos caminos al conocimiento social, y con su trabajo no sólo lograron la transmisión del saber, sino lo más importante, se dedicaron a formar las nuevas generaciones. Me siento parte de este proceso, y no sólo me emociona recibir este reconocimiento por ello, sino también de seguir en pie de lucha, sin nunca renunciar a mis principios éticos, morales y culturales, desde que hace exactamente cincuenta años impartí mi primera clase en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la Universidad de Buenos Aires.

Pero no ha sido un camino fácil ni llano. En primer lugar, vencer las dificultades para no desviarse de una vocación por la historia de la arquitectura que ha sido el eje rector de mi vida. En segundo lugar, asumir siempre una actitud combativa, no sólo ante las adversidades de la vida real, sino también en la lucha ideológica, en la defensa de los valores estéticos, sociales y culturales de la arquitectura, con el objetivo de crear, como afirmaba el maestro y compañero Fernando Salinas, “los espacios de hombre pleno”.

Este reconocimiento no es el fruto de un acto de generación espontánea, sino el producto de medio siglo de trabajo tesonero. Debo reconocer la formación humanista italiana que me dieron mis padres en el seno del hogar. Y también el haber estudiado en el mejor colegio de Buenos Aires, que consolidó esa base espontánea y la convirtió en el punto de partida de mi formación académica. Reconozco la importancia del recorrido por el Brasil, antes de llegar a Cuba, que me permitió descubrir la dura realidad latinoamericana, poco visible en la capital argentina, casi una ciudad del Primer Mundo.

Con ese bagaje inicial, tuve la fortuna de ser invitado a integrarme como profesor en la Facultad de Arquitectura de La Habana, para ocupar el vacío dejado por el prestigioso maestro Joaquín Weiss, el mayor historiador de la arquitectura cubana del siglo XX. Ante la magnitud de ese compromiso, frente a mi inexperiencia y juventud, fui obligado a realizar un esfuerzo tenaz y persistente. Pero al mismo tiempo, logré percibir la diferencia de ser un académico en un proceso revolucionario. En el fragor de aquellos primeros años, la academia debía estar comprometida con la realidad cotidiana, con la vida, con la sociedad, con la construcción de un sistema social, económico y cultural radicalmente nuevo. De allí que, sin dudas, mi visión de especialista restringido a la arquitectura se transformó totalmente, gracias al hecho de participar de lleno en esta hazaña, única en América Latina, de construir un mundo nuevo.

Nunca imaginé la historia como un simple relato del pasado, como la recopilación de documentos fríos y estáticos, como un recuento de fechas y monumentos. El integrarme al cuerpo docente de la Facultad de Arquitectura, me permitió superar esta visión, y concebir la historia como un instrumento para transformar el mundo. Porque no hay futuro sin pasado, no hay innovación sin tradición, no hay arquitectura sin cultura. Y esto es lo que, desde hace cincuenta años, he tratado de plasmar en mis investigaciones, libros, ensayos; y principalmente en la educación de los jóvenes, en la formación de los futuros arquitectos cubanos.

Pero a la vez, otro aporte recibido del proceso revolucionario fue no concebir el trabajo como una acción individual aislada, sino desarrollada en equipo, tanto con los colegas como con los jóvenes que se integraron en los grupos de investigación. Nada de lo que he realizado en mi vida hubiese sido posible sin la colaboración, la ayuda solidaria, la participación de todos aquellos que creyeron en el valor de mi cruzada arquitectónica y urbanística, para descubrir y revelar la significación de la herencia construida, del acervo urbanístico de esta bella Habana y de todas las ciudades de la Isla, y del aporte de los compañeros arquitectos contemporáneos en busca de soluciones sociales y estéticas para beneficio de la sociedad cubana.

Nuevamente agradezco el otorgamiento de este importante título académico, porque valoro en toda su dimensión el significado ideológico y cultural del mismo, y ello me obliga, en la proximidad y en la distancia, seguir comprometido en las tareas futuras como parte del colectivo de profesores de la Facultad de Arquitectura del ISPJAE, tanto en las investigaciones conjuntas que desde hace años venimos realizando con los equipos universitarios de trabajo cubanos y brasileños; la materialización de cursos de grado y postgrado, y la elaboración de futuras publicaciones especializadas. Este título, lo acepto no sólo como el reconocimiento de una obra pasada, sino como la obligación de un compromiso con la obra futura. Muchas gracias.

Roberto Segre
18 de julio de 2007


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