LOS MUCHOS CENTROS DE LA HABANA

¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy? Fernando Pessoa, Tabaquería
DESCENTRANDO CENTROS
Se acerca ya el momento en que por primera vez la población urbana mundial sobrepasará a la rural, y ese fenómeno de urbanización ya no es resultado del desarrollo. Las grandes ciudades, y más aún las redes de ciudades, han ido haciendo obsoletas las fronteras nacionales. El desarrollo vertiginoso de la informática y las telecomunicaciones ha llevado a plantear un nuevo tipo de asentamiento humano, la Ciudad Virtual, donde los contactos serían a través del ciberespacio. Pero la “Ciudad Global” de Saskia Sassen concentra centros financieros de alcance mundial en territorios muy compactos, que muchas veces están dentro de los viejos centros históricos. Se crean fabulosas cantidades de dinero con un dinero virtual sin respaldo material, y crecen desproporcionadamente las actividades terciarias; mientras la producción de bienes, y con ello la contaminación, se desplaza a regiones cada vez más apartadas donde la fuerza de trabajo sigue siendo barata y la legislación laboral y ambiental es más laxa. Estas burbujas artificiales de riqueza explotan cíclicamente; y su repercusión golpea sobre todo a los más pobres, incluyendo a las personas que siguen afluyendo a las ciudades en busca de oportunidades que muchas veces no aparecen.
La salvaguarda de los centros históricos ha tenido a menudo un sentido esteticista, que además de superficial resulta insustentable y en ocasiones hasta inhabitable. Un centro histórico vivo obliga a compromisos para adecuarse a una circunstancia distinta a la de cuando fue conformado, y esos compromisos sucesivos aparecen evidenciados en las distintas capas del propio centro. Se trata del eterno par dialéctico conservación/renovación, cuyo delicado balance puede perderse fácilmente cuando se toma partido por uno u otro extremo, pasando de la momificación escenográfica a la iconoclastia más brutal guiada por la ganancia, la ignorancia respetuosa de arquitectura contemporánea siguiendo patrones históricos existentes, abrió un resquicio que podría legitimar agresiones al contexto, en tanto fuesen hermosas. Sin embargo, la historia abunda en ejemplos de intervenciones que en su momento fueron claramente contemporáneas y sin embargo respetaban las pre-existencias del lugar, penetrando en su esencia sin caer en el pastiche. Un recuento de la ya larga serie de recomendaciones y acuerdos sobre el patrimonio salidas de eventos internacionales confirma la elemental convicción de que en este campo no hay recetas que garanticen buenos resultados, y que mucho depende del talento y la responsabilidad de los creadores y controladores.
La salud de una ciudad generalmente marcha a la par con la de su centro histórico. Pero La Habana no tiene uno sino muchos centros, debido a su crecimiento por adición con relativamente pocas intervenciones importantes en las áreas centrales, sin pérdidas sensibles de los tejidos más antiguos, que fue dejando atrás. Una gran masa de buena arquitectura, que recoge épocas y estilos diferentes, se ha conservado por omisión. El principal centro histórico, alrededor del núcleo de fundación en 1519 junto a la protegida bahía, se convirtió a principios del siglo XX también en centro administrativo y financiero. Como toda ciudad portuaria, aquel centro fue quedando excéntrico al crecer la ciudad, y lo mismo pasó con otros centros posteriores.
La fachada de la ciudad está formada por el Malecón, ese icónico paseo marítimo de La Habana en forma de S construido entre 1901 y 1958, junto a su prolongación con la Avenida del Puerto en 1928 a lo largo del estrecho canal de entrada de la bahía. Su muro rompeolas es suficientemente bajo como para poder ver el mar, y sirve como un gigantesco banco de más de siete kilómetros, donde decenas de miles de personas se sientan a tomar la brisa nocturna. Además, funciona como un corte diacrónico que atraviesa y conecta más de cuatro siglos de historia urbana. Ese paseo fue hecho cuando los ingenieros habían convencido al mundo de que la Naturaleza podía ser domada, y ahora el mar reclama lo suyo, en una exasperante batalla cotidiana que a veces se vuelve aterradoramente hermosa.

La ciudad se expandió sostenidamente hacia el oeste, sudoeste, sur y sudeste, con un patrón dendrítico siguiendo antiguos caminos que conectaban el núcleo más antiguo con su hinterland. A la vuelta de siglos entre el XIX y el XX se conformó un nuevo centro simbólico-monumental justo en la franja que una vez ocuparon las murallas coloniales, con el Parque Central como foco y el hermoso Paseo del Prado como espinazo. Allí apareció una gran galería comercial con dos calles interiores cruzadas en diagonal, similar a las galerías de Buenos Aires, Milán, París o Moscú; así como otros edificios palaciales, hoteles, cafés y el ostentoso Capitolio. Este centro prácticamente colindaba con otro más nuevo de fuerte carácter comercial, donde en los años Cuarenta y Cincuenta surgieron grandes tiendas por departamentos siguiendo el modelo estadounidense, cuyo centro estaba en el cruce de las calles Galiano y San Rafael, conocida como la Esquina del Pecado. Ellas sustituyeron a la estrecha calle comercial tradicional de pequeñas tiendas a la manera española dentro del antiguo recinto amurallado, ejemplificada con el eje doble Obispo-O’Reilly.

Las calzadas que irradiaban desde las antiguas murallas con soportales de doble altura para los peatones --como Reina, Monte y Cerro; y las aproximadamente perpendiculares a ellas que corren de norte a sur, como Galiano, Belascoaín e Infanta-Jesús del Monte-- eran en realidad centros lineales con kilómetros de frentes de tiendas y servicios muy diversos, y viviendas encima. Ello creaba una estructura urbana interesante en la retícula de la ciudad central, con grandes sectores de uso mixto donde predominaba la vivienda para una población de bajos ingresos, que coexistía con oficinas, talleres, escuelas y pequeños comercios de esquina. Estos sectores estaban determinados en su perímetro por calzadas, que separaban barrios pero a la vez los unían por el fuerte atractivo de la función comercial, que además incluía otros servicios. Ello creó un curioso patrón urbanístico no planeado formado por la macro-trama de calzadas superpuesta sobre la trama de manzanas, donde el centro estaba en la periferia y la vivienda dentro. (11) Pero esa centralidad se fue perdiendo desde fines de los años Sesenta del siglo pasado con el cierre de muchos comercios y servicios, y un empobrecimiento creciente de la oferta y de la imagen.
La ciudad tradicional, que incluye los centros antes descritos, mantuvo el mismo trazado colonial de calles estrechas y manzanas pequeñas, con una trama urbana baja, compacta y de alta densidad; edificaciones con paredes medianeras y patinejos en lotes estrechos y profundos, y alineadas con las aceras. Ese modelo no sólo utiliza eficientemente el suelo sino que resiste mejor a los huracanes que los conjuntos amorfos de edificios de cinco pisos o más, separados por una tierra de nadie. Sus defectos, motivados en su momento por la especulación, pueden ser corregidos con cambios ligeros.
Típicas de las áreas centrales habaneras son algunas formas derivadas de la pobreza histórica y la escasez de vivienda accesible. Una de ellas es la ciudadela: una tira doble o sencilla de uno o dos pisos, con cuartos a lo largo de un patio muy estrecho y profundo que les sirve de acceso; una familia por cuarto, y servicios sanitarios y cocinas colectivas. Ese tipo de vivienda-tugurio, que por otra parte favorece el intercambio social y la ayuda entre vecinos, puede ser mejorado para convertir la habitación única en una célula de doble altura con un pequeño portal-amortiguador hacia el patio, y el dormitorio en el entresuelo; para un mínimo de privacidad y ventilación. Ese modelo se corresponde con la tendencia manifiesta en la capital al aumento de familias de 1-2-3 personas, incluyendo muchas de la tercera edad.
Otro tipo espontáneo en las áreas centrales es la barbacoa: un entresuelo improvisado para aprovechar los altos puntales de edificaciones coloniales y eclécticas. En su mayoría son construcciones muy precarias, y hasta peligrosas; pero bien diseñadas y construidas pueden llegar a clasificar como apartamentos duplex… Las azoteas de las zonas centrales alojan a decenas de miles de casuchas clandestinas hechas con materiales perecederos, pero en realidad ésa es una de las mejores formas de vivir en una ciudad densa, con privacidad, buena ventilación y vistas. Bien hechas, serían pent-houses…Por supuesto, se trata de algo más que un cambio de nombre. Alrededor de una cuarta parte del área en la ciudad central está dedicada a calles. Es posible convertirlas en semi-peatonales y aprovechar la escasez de autos para sembrar allí árboles, tan necesarios en una zona de la ciudad que constituye una isla de calor; y donde ya la población tiene el hábito de ocupar la calle con actividades varias.

Otro centro importante surgió rápidamente en la segunda postguerra con La Rampa, el tramo final en pendiente hacia el mar de la Calle 23, en El Vedado. Creado en 1859, El Vedado es la pieza más importante del urbanismo colonial en Cuba, con su retícula perfecta de manzanas cuadradas de cien metros de lado, calles por primera vez bordeadas con árboles, edificaciones aisladas retranqueadas para una franja frontal de jardín y portal, y una ocupación del suelo que dejaba un tercio del lote libre. Muy rápidamente se convirtió en preferido de la clase alta, con majestuosos palacetes eclécticos. Aunque en realidad tenía una composición social bastante mezclada, la imagen proyectada hacia la calle y los patrones de conducta en los espacios públicos estaban dictados por la clase dominante. El éxito de El Vedado consolidó el ocaso de El Cerro, situado más al sur, que a mediados del XIX había sido asiento del riquísimo patriciado criollo.
Toda La Rampa se conformó con arquitectura del Movimiento Moderno, cuya llegada a Cuba había demorado. El carácter fuertemente cosmopolita de la franja --que más que un lugar se definió por alguien como un estado de ánimo-- mostraba una gran mezcla de funciones, con edificios más altos que los existentes hasta ese momento: apartamentos, oficinas, salas de teatro, cines, galerías de arte, locales de exposición, agencias de pasajes, bancos, boutiques, hoteles, restaurantes, cafeterías, bares y centros nocturnos; y con la Universidad de La Habana a tres cuadras suministrando carne fresca. Sin embargo, la época mejor de La Rampa fue durante los años Sesenta, cuando el marco físico estaba flamante y funcionaba, y de repente se abrió a todo el mundo, en una coincidencia irrepetible acompañada por la sensación de que todo parecía posible. Muy cerca de la Colina Universitaria, pero todavía perteneciendo al tejido de Centro Habana, estaba la esquina de Infanta y San Lázaro, donde las manifestaciones estudiantiles primero chocaban con la policía.

En los Cincuenta también surgió la Plaza Cívica, actual Plaza de la Revolución, un conjunto monumental pero amorfo de ministerios, con una anticuada composición fascistoide y carente de las demás funciones que se requieren para una animación estable. También en esa década comenzó un embrión de centro todavía más al oeste, alrededor de la ya consolidada Playa de Marianao, donde un semicírculo de clubes náuticos privados desplegaba el abanico de la sociedad cubana pre-revolucionaria. Un poco más al sur, pero casi incomunicado por un aeropuerto militar, varios barrios de casuchas y, paradójicamente, el lugar residencial más elegante y americanizado de Cuba --el Country Club, actual Cubanacán-- estaba el viejo centro de Marianao, de clase trabajadora; unido a una concentración de hospitales y escuelas. En un corte relativamente pequeño de este sector, de norte a sur, se ejemplifica la conformación de una ciudad dual: juntos, pero no revueltos. A fines de los Cincuenta se intentó desarrollar un nuevo centro en La Habana del Este, como parte de una gigantesca y corrupta operación inmobiliaria que incluyó la construcción de un túnel bajo la Bahía conectado con una autopista. Hubo varios proyectos que no se ejecutaron, pero sí el mayor conjunto de vivienda social en Cuba, la Unidad # 1de La Habana del Este.

¿CÓMO FUE LA HABANA, CÓMO ES?
La Habana fue más española que las otras ciudades en las colonias iberoamericanas del continente, emancipadas ocho décadas antes. La escasa y subdesarrollada población indígena no dejó huellas materiales, y si bien el aporte de los esclavos africanos fue muy importante para el patrimonio intangible, tampoco influyó en las estructuras territoriales y la imagen urbana, que estuvo dominada por códigos y valores europeos. Por otra parte, ya desde mediados del siglo XIX comenzó a sentirse con fuerza la influencia estadounidense, coexistiendo con el despertar del sentido de nacionalidad en una burguesía naciente y un patriciado criollo ilustrado y emprendedor.
La ciudad moderna de extramuros había crecido vertiginosamente en la primera mitad del XX, apoyada en una flamante infraestructura hecha a principios del siglo: viales, una amplia red de tranvías eléctricos y después ómnibus, electricidad, acueducto, alcantarillado, drenaje pluvial, teléfonos y alumbrado público. La capital absorbió a muchos pequeños pueblos vecinos dentro de su área metropolitana, y esos asentamientos anteriores conservaron sus centros, si bien elementales; y hasta su carácter pueblerino. El crecimiento por adición permitió la preservación de un riquísimo fondo construido que incluye las 143 hectáreas del antiguo recinto amurallado colonial, designado Patrimonio de la Humanidad en 1982. En realidad, el área a proteger sobrepasa las 2 mil, con edificaciones y sitios más recientes pero también muy valiosos.


Irónicamente, la propia envergadura de ese grande y variado fondo a conservar hace la tarea más difícil para un gobierno y una población igualmente empobrecidos. En octubre de 1993 la Oficina del Historiador de la Ciudad, encargada de la conservación y revitalización de La Habana Vieja, fue autorizada a cobrar impuestos y abrir sus propios negocios: hoteles, hostales, espacio de oficinas, inmobiliarias, tiendas, taxis, agencia de viajes, restaurantes, cafeterías… Además obtuvo préstamos bancarios, y proyectos de colaboración con ciudades y organizaciones extranjeras. Los ingresos de la corporación Habaguanex, encargada de las actividades comerciales, turísticas y hoteleras, pasó de 44,1 millones de dólares estadounidenses en 1998 a 77,0 en 2004. Inicialmente la Oficina dependía del presupuesto nacional, pero se hizo autosuficiente y pudo incluso contribuir al Estado. Con esos recursos propios financia sus programas, que además del propósito cultural han incluido la creación de más de 8 mil empleos locales y obras de interés social. El peso de las inversiones sociales contra el total pasó de 26% en 1998 al 53% en 2004. Lamentablemente, esta exitosa experiencia no ha sido replicada, con la lógica estrecha de que cuando hay poco las decisiones de cuánto y donde gastar deben tomarse centralizadamente, sin comprender que precisamente hay poco por centralizar demasiado.
Las intervenciones en La Habana Vieja estuvieron inicialmente marcadas por un conservadurismo aparentemente excesivo. Generalmente se trataba de restauraciones fieles de edificaciones muy relevantes que habían pertenecido a las clases dominantes, y que fueron dedicadas a funciones culturales. Esto se justificaba por la necesidad de crear un mito que protegiera al patrimonio más antiguo y valioso del tipo de intervenciones fuera de de contexto que se hacían en todo el país, dominadas por el fetiche de la prefabricación con paneles pesados de hormigón montados con grandes grúas. Después de haber construido una conciencia en los decisores y la población sobre los valores del patrimonio colonial, y en especial del antiguo recinto amurallado, aparecieron algunos intentos de insertar edificaciones contemporáneas.
Uno de ellos, fallido, fue el Hotel Parque Central, que desperdició una ubicación privilegiada. Los arquitectos intentaron una fácil integración por analogía, que resultó en fachadas anodinas, mal compuestas, y que parecen hechas de cartón. Resulta interesante comparar esa edificación con la ampliación de un banco en la elegante Quinta Avenida de Miramar, también protegida, obra de un arquitecto cubano importante de los años Cuarenta, Eugenio Batista. Allí José Antonio Choy y su equipo abordaron en 2000 exitosamente la difícil integración por contraste. Ellos enmarcaron y coronaron al edificio original, de una elegante simplicidad clasicista-moderna, engarzándolo en una ampliación abiertamente deconstructivista. El conjunto ha pasado la prueba de fuego: al final, todo parece haber sido así desde el principio. Otras edificaciones nuevas, como las que van rellenando vacíos por demoliciones en el tramo más antiguo del Malecón, encajan aceptablemente debido sobre todo a que se ajustan a la lotificación existente, el soportal corrido y la altura de los edificios preexistentes.

En cambio, algunas obras recientes en áreas de valor patrimonial, aún teniendo un buen diseño, han flaqueado ante el espejismo del vidrio espejo, tan inapropiado al clima cubano, como si nada hubiera pasado en las tres décadas transcurridas desde el Hilton de Budapest. Quizás más importantes que las nuevas actuaciones en edificios aislados dentro de centros históricos sea intervenir sobre los espacios públicos y los recorridos que los conectan. Ésa ha sido la línea seguida en la zona de intramuros de La Habana Vieja, creando focos de revitalización en las plazas y plazuelas, y a lo largo de las calles que las conectan. Se trata de un centro histórico que mantiene casi toda la población, pero hacinada en edificaciones ruinosas. Se han hecho algunos proyectos de re-uso de antiguas mansiones coloniales degradadas para reciclarlas en apartamentos pequeños, pero la cuenta no alcanza, pues donde vivían treinta o más familias solamente podrán lograrse seis o siete apartamentos. Necesariamente, hay gente que tendrá que abandonar el centro histórico, cuya población de 71 mil habitantes resulta excesiva. Por otra parte, es conveniente atraer a personas que puedan animar y prestigiar el centro, como artistas conocidos. Entonces aparece un problema: ¿quiénes se quedan, quiénes se van, quiénes entran? Y sobre todo, ¿quién decide?

¿QUÉ HA PASADO CON LA HABANA?


La Habana oficial pre-revolucionaria –relativamente rica para esta región, cosmopolita, terciaria, pequeñoburguesa, blanca o con pretensión de serlo-- ha sufrido una readecuación, planeada o no, que responde a cambios estructurales y a nuevos actores. Las deformaciones en la imagen y el funcionamiento de la ciudad, así como en los patrones de uso de las viviendas y de los espacios públicos, se han hecho aún más ostensibles tras la severa crisis que comenzó en los años Noventa con la desaparición de la Unión Soviética, conocida en Cuba con el críptico nombre de período especial.


Ello se une al deterioro y déficit acumulado de la vivienda, muy asociados a raza y lugar. Esas malas condiciones de vida aparecen igualmente en los tugurios de la ciudad central como en los asentamientos espontáneos de la periferia; y también en muchas edificaciones que originalmente fueron de buena calidad pero han envejecido sin atención hasta cruzar la línea de no retorno. Eso pone en situación de riesgo a una parte importante de la población capitalina, que debe ser evacuada preventivamente para evitar pérdidas humanas al paso de huracanes o incluso lluvias torrenciales. Los efectos del cambio climático ya han comenzado a sentirse en la intensidad y frecuencia de los huracanes, y el pronóstico es que esto aumente.


El sistema de centros de La Habana ha sufrido una pérdida importante en la cantidad y calidad de sus funciones, lo que se une al mal estado de las edificaciones y las redes técnicas, y deficiencias en el transporte público, a pesar de una cierta mejoría reciente. Las zonas centrales muestran los efectos de una sub-cultura primitivizada y marginal que se ha adueñado de la calle. Muchos antiguos locales comerciales han sido desactivados y convertidos en alojamientos muy precarios para personas que han perdido sus viviendas y llevan años en albergues que una vez fueron de tránsito. Ello afecta a la imagen y carácter de las zonas que para todos eran la idea misma de ciudad; y esto sucede precisamente a la altura del observador, y en las esquinas.


Al mismo tiempo, muchas mansiones en los antiguos barrios elegantes del oeste, abandonadas por sus dueños en los primeros años después de la llegada al poder de la revolución, se han venido convirtiendo en tiendas en moneda dura, conocidas como chópins (de shopping malls…). La circulación de dos monedas, una veintiséis veces más valiosa que la otra, amenaza con reforzar el carácter de ciudad dual que ya tenía La Habana burguesa, con una franja costera privilegiada donde se concentran el turismo y el comercio en moneda dura, autos modernos y teléfonos celulares; desligada de un Sur Profundo, antes y ahora pobre. El nuevo Centro de Negocios Miramar, que al terminarse tendrá siete hoteles, dieciocho edificios de oficinas y comercios, y nada más, está concebido para un mismo tipo de moneda y de personas; no hay viviendas para la población local, carece de una animación estable y auténtica, y depende del automóvil. Afortunadamente, todavía no ha sido cercado.

Paralelamente se observa una ruralización de la capital. Ello se debe al flujo migratorio interno desde el oriente del país, que se disparó con la crisis que comenzó con los años Noventa, sin que las regulaciones de 1997 hayan conseguido pararlo. A ello se une la emigración al extranjero, generalmente desde La Habana, y compuesta mayormente por jóvenes blancos y con alta calificación. De hecho, la población de la capital disminuye y envejece. Esa población rural desarraigada se mezcló con la pre-existente marginalidad urbana, muy asociada a la piel oscura y la vivienda precaria; y con la aparición de pobres-nuevos-ricos que empezaron a imponer sus patéticos gustos y pautas de vida, triangulados con Hialeah, Miami, en un viaje de ida y vuelta: Esto ha conformado un nuevo modelo de éxito pacotillero para los que nunca llegaron a conocer el refinamiento de las clases altas en el período pre-revolucionario.

COMO DIJO LENIN, ¿QUÉ HACER?
Más importante que esperar la reducción de las diferencias por la progresiva mezcla racial es reducir las desventajas económicas y sociales históricamente asociadas con negros y mestizos. Parece que la igual oportunidad de acceso gratuito a estudios, incluso superiores, no ha bastado para erradicar la exclusión, porque en definitiva no saca al joven de la pobreza. La buena intención de rescatar la identidad cultural de sectores populares antes marginados puede paradójicamente legitimar el atraso, el aislamiento, el machismo y la superstición, cuando es genuina; o respaldar un folclorismo falso para visitantes, cuando ya no responde a sus condicionantes originales. Para borrar injustas diferencias sociales, raciales, culturales y territoriales es necesario identificar como recursos aspectos que convencionalmente se han considerado como problemas, y potenciar la economía local y familiar para que la mayor cantidad posible de personas puedan resolver sus propias necesidades.
Se debe lograr una participación ciudadana activa desde el nivel de base, involucrando a los residentes en la discusión y aprobación de los asuntos que les conciernen; emplear el convoyaje en las nuevas inversiones, induciendo obras de interés social directo sobre su entorno inmediato; recuperar la perdida disciplina urbanística, y usar creativamente incentivos y desincentivos, en vez de la ineficaz represión. Se debe aprovechar el potencial de los espacios públicos para crear sentido del lugar, orientar recorridos, nivelar desigualdades sociales, valorizar el suelo urbano y socializar esa plusvalía.
Es recomendable mezclar y superponer funciones no antagónicas, con una densidad apropiada; pero también ofrecer opciones para que el interesado pueda escoger la forma en que quiere vivir, eliminando las restricciones que de hecho lo atan de por vida al lugar donde nació. Igualmente, hacen falta proyectos arquitectónicos variados, hechos para y con la gente que los usarán. Estas son algunas de las posibles vías que ayudarían a evitar una segregación y un anonimato que ya apuntan, y que cada vez serán más difíciles de corregir. Como cualquier ciudad, La Habana refleja los valores, intereses y pautas de conducta de los que detentan el poder económico, que ahora no siempre coincide con el político.

Muchas de esas vías ya han sido experimentadas con mayor o menor éxito en otros países para defenderse de las presiones especulativas del mercado, pero en el caso de Cuba todavía no hemos sido vacunados contra esos problemas, nuevos para nosotros. Eso nos hace más vulnerables. El hiperdesarrollo desenfrenado que afrontan algunas grandes ciudades asiáticas, copiando lo peor de Occidente, es un aviso ominoso; pero la solución no es cerrarse al mundo. Durante un tiempo los cubanos tendremos que coexistir con la vieja limitación de la falta de dinero, junto a la nueva amenaza de mucho dinero que entre demasiado rápido. Peor todavía es que esas agresiones gentilmente envaselinadas pueden recibirse con una sonrisa por los incautos nativos, y tomarlas como una señal de desarrollo traída por otros nuevos conquistadores. Los cambios rápidos pueden traer daños irreversibles para la ciudad, la economía y la sociedad; pero ningún cambio es igualmente malo –y siempre es mejor hacer a tiempo los cambios inevitables, antes de que se impongan por sí mismos. Hacer que se haga es más importante que hacer.

PREGUNTAS, PREGUNTAS…
Ya que no es posible ni deseable, conservarlo todo, ¿qué escoger, y quiénes lo deciden? Existe una relación en dos sentidos entre el patrimonio tangible y el intangible, y este último tiene mucho que ver con los valores cívicos y la cultura ciudadana. Pero ello demanda darle un valor práctico a los valores, que sea perceptible por los involucrados.
La integración por contraste es más creativa que por analogía. Pero, ¿cuán chocante puede ser ese contraste? Y, una vez que se acepta una intervención contrastante buena, ¿cómo evitar las malas? Las concesiones siempre están presentes en cualquier operación de diseño. ¿Cuántas concesiones pueden permitirse antes de clasificar como oportunismo y traición artística, ignorando además al usuario que deberá cargar toda su vida con un mal edificio?

La diversidad es fundamental para cualquier forma de vida. Pero, ¿cómo lograr que coexista con la homogeneidad, también necesaria para mantener una identidad auténtica? En un mundo globalizado tan cambiante, donde las influencias llegan en racimos, sin dar tiempo a decantarse, ¿podremos salvar lo bueno, y librarnos de lo malo? ¿Cuánta variedad puede permitirse antes de zambullirnos en el caos, y cuánta coherencia sin volverse aburridos? Las soluciones vernáculas tienen mucho que enseñar, con una sabia adecuación al clima, contexto y tradiciones, pulida por el tiempo y los procesos de prueba y error. Pero también reflejan pobreza, atraso y aislamiento. Las obras aisladas de grandes arquitectos elevan el rasero de calidad, pero las superestrellas muchas veces desprecian al usuario, la tradición y el espíritu del lugar. Sin embargo, las nuevas intervenciones que chocan con el gusto predominante pueden convertirse en futuros iconos e incluso paradigmas. ¿Deberá permitirse a los genios romper reglas que los comunes están obligados a cumplir? ¿Quién pasa la raya entre el ungido y la masa?
La participación comunitaria es políticamente correcta, pero puede llevar a la demagogia y el populismo, que irónicamente son conservadores. La gente tiende a no apreciar el valor cultural de la arquitectura antigua, asociándola con vejez, deterioro y atraso; pero tampoco le gusta la contemporánea de vanguardia. ¿Disminuirían esos problemas en comunidades verdaderamente empoderadas y mezcladas? Y aún así, ¿qué nuevos sectores de población asumirían en definitiva el papel dirigente que antes tuvo la burguesía, imponiendo sus gustos, valores y modos de vida?
La parálisis lleva a la muerte y finalmente al olvido. ¿Pero cuán profundos y rápidos pueden ser los cambios sin disolverse en la entropía? Y aún más importante: ¿cómo asegurar que sean reversibles, si llega el momento de volver a cambiarlos? ¿Cómo conducir al cambio, antes que se imponga por sí mismo? La vida puede reaparecer después de catástrofes terribles, ¿pero será la memoria tan persistente? Las nuevas especies, paisajes y edificios no son un sustituto para los que desaparecieron, y las nuevas memorias no pueden revivir las ya olvidadas. ¿Cambiará la clonación humana esta situación, o será tan falsa y peligrosa como la clonación arquitectónica? En todo caso, ¿qué tipo de Mundo-no-tan-Feliz sería ése, compuesto sólo por gente y edificios perfectos?
Escapar de un mundo cada vez más hostil, para refugiarnos en nuestro pequeño dominio privado, puede parecer una solución para aquellos que escogen envejecer hasta un final tranquilo en la cama, y no asumir los riesgos de su tiempo. Pero ese espacio personal y cómodo también será finalmente invadido. ¡Mejor actuar antes!


Por: Mario Coyula

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