El emboque de Luz. Muelle de Luz en la Bahía de la Habana.

El edificio mantendrá la transparencia de la estructura metálica y en ella quedarán insertadas las distintas funciones, distribuidas en dos niveles: la planta baja acogerá las diferentes áreas de estar, de pasajeros, de revisión y circulación en general, así como el acceso a las lanchas, y en la planta alta se ubicarán una cafetería y un mirador.

Al terminarse la muralla de mar hacia 1740 y quedar limitada la relación entre La Habana y el mar, parecía que la ciudad sufriría de un aislamiento, sobre todo, porque en su banda oriental realizaba tradicionalmente sus actividades portuarias. Para la continuación de las mismas se abrieron tres puertas: la de Carpineti, la de la Machina, y la de La Luz. Esta última al igual que su muelle tomó el nombre de la calle a la que hacían frente. La apariencia de la puerta de La Luz era la de un castillejo sin almenas, garitones, ni troneras, tenía azotea, y una escalera exterior de piedra. Abajo, contaba con dos ventanas interiores, que daban luz a otros cuartos que servían a la habitación del guarda y a la del sargento con los soldados, quienes realizaban la guardia diariamente en ella. El destino de la puerta de La Luz era “dar entrada a los pasajeros y frutos de la banda opuesta de la bahía”. Así la describía Cirilo Villaverde en su artículo “La puerta de La Luz”, en el Paseo Pintoresco por la Isla de Cuba, en 1841.

Muelle de Luz, a inicios del SXX

La importancia del muelle de Luz por ejemplo, hizo que, en 1802, el asentista del tráfico de la bahía, Julián Guerrero, pidiera prórroga para continuar con esta función. Manifestó al Ayuntamiento la necesidad indispensable de alargar el muelle de Luz 15 o 20 varas y lo propio el de Regla, uno y otro de horcones gruesos y tablones “porque bajando la marea levantan los botes”. Según consta en el Archivo Nacional de Cuba, en el Fondo Gobierno General, el contratista Don José González, fue el mejor postor en el remate de las obras de los muelles de Luz y Regla, quien declaró concluidos los trabajos para octubre de ese año, los cuales fueron reconocidos por el maestro Don Juan Villarín.

Muelle de Luz 1904

Como bien afirma Villaverde en su artículo, desde que las localidades de Regla y Guanabacoa empezaron a cobrar importancia, la puerta de La Luz se hizo “la más concurrida y transitada de la ciudad”. A ello contribuyó la celebridad del Santuario de Regla, así como sus antiguas y famosas ferias, por lo que a cualquier hora, con el fin de visitar esta población, se veía la bahía cubierta de botes repletos de pasajeros que se embocaban en el muelle de Luz, “el más cercano y el único entonces, para semejante uso”.

Muelle de Luz 1905

No obstante, el insigne escritor describió cómo hacia mediados del siglo XIX el tropel de boteros y pasajeros por esta puerta decayó con la introducción de los botes impulsados por vapor. Para ese fin nuevos muelles fueron edificados “al fondo del Convento de San Francisco, rompiendo las murallas de La Habana, el tráfico y la animación de la puerta de La Luz”.

El muelle de Luz formaba parte de los construidos al sur de la bahía para su tráfico interior, adonde arribaban pequeñas embarcaciones de remo y vela transportando pasajeros y productos de la otra ribera. En el extremo norte se habían ubicado los muelles de travesía destinados a la navegación ultramarina. Todo este borde costero, -al decir del historiador Carlos Venegas en su ensayo La Habana, Puerto Colonial. Reflexiones sobre su historia urbana-. “había atraído a sus proximidades a lo largo del tiempo las mejores casas, templos, comercios y plazas principales y conservaría su protagonismo entre otros espacios urbanos en el siglo siguiente”. Con todo ello, esta zona conquistaba una posición jerárquica dentro del conjunto edilicio, ya no sólo por sus valores de uso, de carácter estrictamente económico, si no también,  por su importancia arquitectónica y urbanística. Apuntemos solamente, que al sur de la ciudad fueron construidas, las dos edificaciones más importantes del período colonial después de las fortificaciones: el Real Arsenal y la Real Factoría de Tabacos.

Muelle de Luz, primeras décadas del siglo XX

Cerca de 2 000 embarcaciones anuales surcaban el puerto habanero, según referencia de mediados del siglo XIX de Don Jacobo de la Pezuela, en su Diccionario geográfico, histórico y estadístico de la Isla de Cuba.  Por ello, desde 1802, por iniciativa privada se abrieron unos 7 careneros entre los embarcaderos de Regla y Casablanca para la reparación de las naves. La navegación a vapor, inaugurada en 1819, había ampliado las posibilidades de recepción y el ferrocarril, en 1837, completó con altas expectativas el trasiego comercial entre los pueblos de la capital y luego en toda la Isla. Cirilo Villaverde, en el artículo antes citado, asevera que en 1850 este sistema contaba con 350 buques de vela y 15 vapores matriculados en la bahía y un muelle con espigones especiales para el atraque de vapores que sustituía el viejo muro del muelle de Luz.
El paisaje de la bahía había sido incorporado a la ciudad como paseo público desde que, en 1772, el Marqués de La Torre, promovió el plan de obras públicas, abriendo los primeros paseos o alamedas de intra y extramuros contiguos a las murallas, incluso, -comenta Venegas en el estudio mencionado-  encima del baluarte de Paula se construyó un café de madera que imitaba una casa de campo norteamericana que, con  el nombre de “Las Delicias”, alcanzó gran popularidad. La propia Alameda de Paula fue rodeada por los muelles para el cabotaje hacia 1856, y el sitio del Teatro Principal lo ocupó un hotel para pasajeros, el San Carlos.

Durante el siglo XIX la renovación de la arquitectura habanera estuvo relacionada muy estrechamente con el uso del hierro y del vidrio, tal como sucedía internacionalmente, y a su vez, estos nuevos materiales estuvieron condicionados por la infraestructura portuaria. Los Almacenes de Santa Catalina, diseñados y fundidos en la fábrica de New York, por James Bogardus, pionero de las construcciones prefabricadas de hierro en el mundo, fueron tal vez la expresión máxima de ello, y luego los de San José. Ambos siguieron el modelo de los docks  ingleses (reuniendo muelles y almacenes, se ahorraba tiempo y mano de obra en el transporte) que en La Habana recibieron la denominación de almacenes de depósito. Por tanto, el apogeo del neoclasicismo en el siglo XIX vino a ser, junto con las estructuras metálicas, una de las tendencias que dejaron una impronta determinante en la modernización del puerto habanero.

Las estructuras levantadas en el siglo XX dieron continuidad a este discurso anterior, en la misma medida que se enriquecieron con la aparición de nuevos lenguajes y la formación de diversas compañías dedicadas al tráfico de la bahía. Y el mejor ejemplo lo constituyen las obras de la Havana Central Railroad Co. Incorporada el 4 de abril de 1905, bajo las leyes del estado de New Jersey, Estados Unidos, construyó líneas eléctricas entre La Habana, Guines y Guanajay, fabricó los muelles de madera y concreto reforzado en Paula, entre 1906 y 1908, y puso en funcionamiento los trenes eléctricos entre Regla y Guanabacoa.


Estación de los ferries de 1909



Para los vapores ferries en la bahía esta compañía erigió en el antiguo muelle de Luz un nuevo edificio en 1909, el cual tenía dos salidas de circulación: para Guanabacoa y Regla, y para Matanzas y los Almacenes de Regla. Era una fábrica de dos pisos, levantada con una estructura férrea recubierta, a cuatro aguas, con el mismo material y el resto de mampostería. La fachada de la nueva estación se decoró con sencillez, pero sin poder eludir los elementos del código ecléctico en boga esos años. De allí, el uso en el mismo muro de platabandas, almohadillado y cabezas humanas en altorrelieve, de las cuales pendía una marquesina metálica colocada al centro del edificio. Sendos arcos rebajados presidían la entrada de los dos embarques. Tenía además dos espigones aledaños.

Estación de los ferries en el 2008

Aunque el 1 de marzo de 1928 la Havana Central Railroad Co. se fusionó con los Ferrocarriles Unidos, estas instalaciones siguieron funcionando como fueron concebidas. Así, de la estación y emboque de Luz, como se le llamaba, o de Luz Ferries, según rezaba en la propia entrada de la edificación, continuaron saliendo las embarcaciones hacia la otra ribera.


Durante el gobierno del general Mario García Menocal (1913-1921) se puso en vigor el servicio de los ferries que realizaban sus travesías diarias entre Cayo Hueso y La Habana, a un costo moderado del pasaje, en los momentos en que el peso cubano corrió a la par del dólar. Así, a partir de 1914 partieron estos ferry-boats norteamericanos como grandes embarcaciones acondicionadas para el transporte no sólo de pasajeros, sino también para automóviles.

Nuevo proyecto para el Emboque de Luz

En 1942, como figura en el Archivo de  Amillaramiento, la estación de Luz aparecía arrendada a Juan Francisco Hernández Cortés para al atraque de las lanchas que hacían la travesía entre Regla, Casa Blanca y La Habana. Este señor pagaba por dicho alquiler $ 50.00 mensuales, y por la cuota que le rebajan a $25.00, es que se conoce que le habían cedido dos terceras partes al Departamento de Incendios del Municipio, para establecer allí un Cuartel de Bomberos para el auxilio del Puerto mientras durara el estado de Guerra. Las Memorias del Departamento des Obras Públicas, en 1945, conservan imágenes de trabajos de remodelación en el antiguo muelle de Luz, lo que permite suponer que por esta época fueron trasladadas las salidas hacia  Casablanca y Regla para un nuevo espigón inmediato que se construyó en ese año y para el anterior melle de Caballería, respectivamente. Así, el Departamento de Incendios llegó a ocupar a partir de entonces, todo el inmueble. De hecho, la nueva función que allí permaneció por décadas, junto a la desaparición de los ferries, al deteriorarse las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos en los años de 1960, hizo que al antiguo emboque de Luz se le conociera como Cuartel de Bomberos hasta la actualidad, cuando el desuso y el deterioro atentaron contra su integridad.

Interior. Mirador

La Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana propone un nuevo proyecto para devolverle a la otrora estación su utilidad y belleza. El objetivo principal de la intervención es restablecer la función original del inmueble como emboque de Luz para el atraque de las lanchas hacia el otro extremo de la bahía. De igual manera, la solución novedosa persigue mantener la estructura férrea preexistente, develada durante los primeros trabajos realizados en la obra, cuando se desconocían su existencia y sus valores ocultos en la albañilería.

El actual diseño pretende aportar una expresión diferente en dialogo con la antigua fábrica, de manera que la exponga y cualifique. Por ello, aprovechando las visuales marítimas, el edificio mantendrá la transparencia de la estructura metálica y en ella quedarán insertadas las distintas funciones, distribuidas en dos niveles: la planta baja acogerá las diferentes áreas de estar, de pasajeros, de revisión, y circulación en general, así como el acceso a las lanchas, y en la planta alta se ubicarán una cafetería y un mirador. Al centro de la edificación, un núcleo central de servicios. Rescatar su importante enclave como espacio público a disposición de la ciudad, es otro de los propósitos del moderno proyecto, que concibe, asimismo, la edificación como una pieza urbana dispuesta a ser recorrida y disfrutada en toda su extensión.

Como parte de la reanimación en el entorno del antiguo muelle de Luz, se piensa intervenir, paralelamente, el Parque de Luz, espacio donde estuvieron ubicados, en el siglo XVIII, el teatro Principal y la casa donde naciera el maestro Don José de la Luz y Caballero, cuyo apellido familiar dio nombre a la calle y a varias de las instalaciones que a su alrededor surgieron. El mejoramiento de este espacio se resolverá con un nuevo diseño de pavimento, utilizando la vegetación e incorporando mobiliario urbano como bancos y luminarias. Inspirado en la retícula ajedrezada, se resaltarán, junto a los diferentes tonos de verde, el lugar ocupado por los monumentos existentes. En conexión con el emboque de Luz se prevé un paso peatonal semaforizado en la calle San Pedro. Por su parte, la actual terminal de la lanchita de Regla desaparecerá al reasumir sus funciones el antiguo, y a la vez renovado, embarcadero,  dejando así visible el lateral del espigón Santa Clara, anexo al edificio de la Aduana.  (Por Yamira Rodríguez Marcano. Tomado de Habana Radio)


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