Los hoteles en el Malecón tradicional: una mirada a través de la evolución de la arquitectura hotelera en La Habana

Arquitectura y Urbanismo vol.34 no.2 La Habana mayo-ago. 2013 

Hotel Terral. Foto: Nigel Alexander Hunt



Los hoteles en el Malecón tradicional: una mirada a través de la evolución de la arquitectura hotelera en La Habana

Hotels in malecón tradicional: a glance through the evolution of hotels architecture in Havana


Rolando Lloga Fernández y Olivia Sánchez Martínez
Facultad de Arquitectura, Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría


INTRODUCCIÓN

La Habana, desde su fundación en 1519, ocupó un lugar importante dentro del sistema colonial hispano por su estratégica posición en el Golfo de México y su amplia y resguardada bahía. Estas ventajas geográficas y naturales la convirtieron en un vigoroso enclave comercial y una de las urbes más activas de América en comparación con otras ciudades virreinales como México y Lima [1]. Al establecerse a mediados del siglo XVI el sistema de flotas a través del Atlántico el puerto de La Habana fue el escogido como última y primera escala, así como punto de reunión de las naves antes del cruce oceánico [2]. Por este motivo la villa acogió desde fechas tempranas un considerable número de viajeros y forasteros con intereses diversos: viajes con fines de negocios, comerciales o de ocio, o largas estancias por cuestiones de salud aprovechando la benignidad del clima. Todo ello con el paso del tiempo ocasionó una sostenida demanda de espacios de alojamiento y albergues. Durante los primeros siglos de historia de la ciudad, no existían edificios concebidos y destinados íntegramente para esta función. El hospedaje estaba vinculado a las mansiones señoriales, las casas urbanas que alquilaban habitaciones y los conventos.

Hasta el inicio del siglo XIX, la mayoría de los viajeros que arribaban a La Habana traían cartas de recomendación o invitaciones de las ricas familias habaneras debido a la escasez de alojamientos, la pobreza de las hospederías y el insuficiente confort que ofrecían. No fue hasta el segundo tercio de esa centuria que se construyeron los primeros hoteles, en el marco de la amplia gama de temáticas arquitectónicas abierta en ese período histórico. La mejora en las comunicaciones a partir del desarrollo de los ferrocarriles, el advenimiento de los buques de vapor y de la telegrafía, crearon condiciones para el incremento de los viajes turísticos y comerciales, lo que conllevó a partir de la década del cuarenta de ese siglo al surgimiento en casi todas las villas de algunos edificaciones proyectadas propiamente para hoteles. [3]
Los primeros hoteles de La Habana

El hotel Telégrafo, ubicado en Prado y San Miguel, entró en funcionamiento en 1835 y fue el primer edificio erigido en La Habana con esa finalidad [4]. En 1867 la casa del Conde de Santovenia fue refuncionalizada y convertida en el hotel Santa Isabel [5] (figura 1). A él le sucedieron en la zona de los actuales municipios Habana Vieja y Centro Habana, en específico en el Barrio de Las Murallas y las cercanías del Paseo del Prado, el hotel Perla de Cuba, el hotel Inglaterra (figura 2) y el hotel Pasaje. A pesar de esta expansión inicial de la función hotelera, a inicios del siglo XX las capacidades de alojamiento en La Habana y en las principales ciudades del país eran muy limitadas, por lo que todavía jugaban un papel considerable las casas de huéspedes.

Figura 1
Figura 2

La intervención militar norteamericana entre los años 1898 y 1902, unido al posterior establecimiento de la República, aumentaron la demanda de instalaciones para hospedaje, al incrementarse de manera sustancial el arribo de comerciantes, hombres de negocio y turistas. En respuesta a esta necesidad se modernizaron las instalaciones que hasta entonces funcionaban y se introdujeron comodidades adicionales como servicios sanitarios dentro de las habitaciones y ascensores, facilidades totalmente novedosas con las cuales los hoteles habaneros trataban de satisfacer los más exigentes requerimientos de confort de la época.

El Malecón de La Habana empieza con un hotel
En el período de ocupación militar norteamericana, como parte de un abarcador programa de modernización de La Habana, se proyectó y se inició la construcción de una obra de infraestructura urbana que con el tiempo se convertiría en un espacio citadino imprescindible y una de las imágenes icónicas de la ciudad: el Malecón de La Habana.
La idea de transformar este borde urbano no era nueva, en el período colonial el reconocido ingeniero Francisco de Albear, artífice del acueducto de La Habana, había esbozado una propuesta de paseo marítimo que nunca se llegó a ejecutar. Sin embargo, el proyecto que se concretó definitivamente mantuvo las premisas de saneamiento y embellecimiento de una parte del litoral, con lo que se dotaba a la ciudad de una nueva imagen de bienvenida a los viajeros que arribaban por barco, principal medio de transporte internacional a inicios del siglo XX. Hasta entonces, lo que hoy es el Malecón era una franja de arrecifes a los que miraban los fondos de las edificaciones con frente a la calle San Lázaro. Al mismo tiempo, las obras fueron motivadas por el interés de crear una nueva vía de circulación este-oeste a lo largo de la costa, así como un paseo marítimo que aprovechara los recursos paisajísticos del sitio. Los trabajos empezaron en el Paseo del Prado, en las cercanías del Castillo de La Punta. En el año 1919 la obra, ejecutada en dos tramos, alcanzó la calle Belascoaín y las proximidades de la desaparecida Batería de la Reina y la Caleta de San Lázaro. En las décadas posteriores fue extendido en dirección este por el canal de entrada de la bahía de La Habana y hacia el oeste hasta la desembocadura del río Almendares, con lo cual alcanzó su extensión definitiva a finales de los años 50 del siglo XX.

El primer tramo del Malecón de La Habana, o sea, el segmento comprendido entre Paseo del Prado y Belascoaín, construido en las dos primeras décadas del siglo XX, se corresponde con la zona actualmente denominada como Malecón tradicional por las autoridades encargadas de su rehabilitación. Este frente urbano marítimo se configuró atendiendo a lo establecido en las Ordenanzas de Construcción de 1861, cuerpo legal que definió aspectos básicos de su imagen urbana, tales como los portales públicos1 y la alineación de fachadas, los cuales le confirieron la continuidad y homogeneidad que hacen de esta zona un conjunto único. En este, predominan los edificios eclécticos de hasta tres niveles, aunque en la década de los años 1950 se erigieron dos edificios en altura que si bien afectaron su coherencia e integridad, al ser intervenciones puntuales no representaron una ruptura significativa del perfil urbano. Se destacó, además, como aspecto curioso el mayoritario uso residencial de las plantas bajas en contraposición a lo ocurrido con el resto de las arterias principales, orientadas a los servicios. Sin embargo, esto no significó que diversas funciones además de la vivienda estuvieran presentes en la zona.

La céntrica esquina de Prado y Malecón marcó el comienzo de este característico y único frente marítimo. En el privilegiado lote con frentes a las citadas arterias y además a la de San Lázaro se construyó en 1903 la primera instalación hotelera de esta franja, el hotel Miramar (figura 3). La obra, atribuida al arquitecto José Toraya Sicre, el mismo profesional que pocos años después se encargaría del diseño del hotel Sevilla, tuvo un costo ascendente a cien mil pesos. La capacidad de alojamiento era limitada pues apenas contaba con ocho habitaciones distribuidas en dos niveles. Sin embargo, la instalación gozaba de un alto nivel de confort para la época y una envidiable localización, ventajas aprovechadas para promocionarlo como “el mejor situado y el más fresco de Cuba”[6]. En la planta baja se ubicaba un amplio salón cerrado con vista a Malecón, destinado una parte a restaurante y la otra a café, servicios que aportaban una nueva concepción de hotel, hasta el momento circunscrita a la idea de la pernoctación y el descanso [7]. La planta alta estaba compuesta por ocho grandes apartamentos, con recibidor, galería, terraza, cuartos de baños y timbres eléctricos. La disposición de los espacios interiores aprovechaba al máximo la limitada área de la parcela esquinera al renunciar al empleo del patio, hasta entonces elemento vital en la arquitectura cubana. Como resultado de esto, las necesidades de ventilación e iluminación natural quedaban resueltas por medio de las fachadas. [7]


La expresión arquitectónica de sus frentes, organizados en dos volúmenes horizontales, mostraba un eclecticismo sobrio, definido desde el punto de vista compositivo por las cornisas, el balcón corrido, el pretil superior y la alternancia pilastra-vano, interrumpida por el énfasis en la esquina. A estos rasgos característicos se adicionaban los ventanales con grandes paños de vidrio enmarcados en madera, para favorecer el disfrute de las atractivas visuales del entorno.
Antes de finalizar su construcción, su propietario arrendó el edificio a los empresarios Guillermo del Toro y Pilar Samohano, dueños del hotel Telégrafo, del Gran Hotel Habana y del hotel Manhattan. Según señaló el investigador Carlos Venegas “El Miramar fue solo un decoroso inicio, muy pronto empequeñecido por la inmensa presencia del hotel Sevilla, inaugurado en 1908, (…)”. Se afirmó que durante algún tiempo el hotel-café Miramar resultó ser el “más caro y elegante” de la ciudad [6]. Con el transcurso de los años el hotel se convirtió en el Miramar Garden, habitual centro de reunión de la juventud bailadora de la época. Posteriormente albergó otros usos y a comienzo del presente siglo fue demolido debido a su mal estado constructivo.
En las primeras décadas del siglo XX se produjo un auge de las instalaciones hoteleras en zonas cercanas como el Paseo del Prado, el Parque Central y el Barrio de Las Murallas, las cuales integran el denominado ring habanero2 [7]. Varios de los hoteles provenientes de la centuria anterior fueron conservados y modernizados, otros surgieron a partir de edificaciones del período colonial que fueron refuncionalizadas y por último se sumaron inmuebles diseñados especialmente para esta función. Estas nuevas instalaciones de alojamiento, compatibles con los más avanzados requerimientos tecnológicos y de confort para la época y con mayor capacidad de hospedaje fueron consolidando la centralidad de las áreas en las que se insertaron, mientras el Malecón tradicional se quedó, en alguna medida, al margen de este proceso.

Hoteles en el otro extremo

En el otro extremo del Malecón tradicional, en las inmediaciones del actual Parque Maceo, espacio otrora ocupado por la Caleta de San Lázaro, existieron durante el período republicano dos renombrados hoteles: el Manhattan y el Vista Alegre.

El hotel Manhattan localizado en la esquina de Belascoaín y San Lázaro, fue inaugurado en 1910, fecha temprana, si se tiene en cuenta que en ese momento el avance de las obras del Malecón no había alcanzado la zona de su emplazamiento (figura 4). La construcción corrió a cargo de la reconocida compañía norteamericana Purdy and Herderson, responsable además de la ejecución de importantes y monumentales edificios habaneros de las primeras décadas republicanas, tales como la Lonja del Comercio, el Centro Gallego y el Palacio Presidencial. Sin embargo, la escala y magnificencia de estas obras superan ampliamente a las del Manhattan.


El inmueble, situado en uno de los mejores lugares de La Habana, junto al mar y frente al Parque Maceo, se caracterizaba por ser un volumen de proporciones horizontales dividido en tres niveles, con una clara expresión ecléctica. Poseía un portal público en la fachada de Belascoaín, tal cual lo exigían las regulaciones vigentes, hacia el mismo se orientaba el acceso principal de la instalación. En el tratamiento de sus fachadas se destacaba la ruptura de la linealidad del volumen con un diseño de esquina muy sugerente, basado en balcones curvos, casi circulares, en los que se apoyaban columnas dórico-toscanas. De esta forma, en el encuentro de las fachadas se percibía un volumen cilíndrico aligerado que volaba sobre la acera y a su vez estaba rematado por una cúpula de discretas dimensiones.
Al igual que el Miramar, la titularidad del inmueble estuvo vinculada a Guillermo del Toro. No obstante, marcó distancia con respecto a su predecesor en el Malecón al tener una planta habitacional mayor, con un total de cien habitaciones, al parecer apostando por una mayor rentabilidad. Los servicios del hotel se dispusieron en la planta baja y en los superiores los espacios de alojamiento, todos provistos de baño y perfectamente amueblados. Desde el punto de vista tecnológico estaba dotado de todos los modernos adelantos del momento [8]. Poseía elevadores, una sala de armas, gabinetes de lectura y un gimnasio. En el primer nivel se encontraba un lujoso salón sostenido por esbeltas columnas, un restaurant, un café y una barra. En la azotea se proyectó un roof garden, espacio atractivo presente en otros hoteles de la época como el Sevilla, por citar un ejemplo. Sin embargo, no hay datos que confirmen si su construcción se llevó a cabo. El edificio original fue demolido; su parcela está ocupada por un inmueble de filiación moderna que alberga una escuela secundaria.

Justo a un lateral del Manhattan, cruzando San Lázaro, se encontraba el hotel Vista Alegre (figura 5). Su arquitecto y fecha de construcción no han sido identificados. Atendiendo a imágenes de la zona de finales del siglo XIX y principios del XX (figura 6) es posible presumir la existencia de una edificación neoclásica de dos niveles, en la esquina de San Lázaro y Belascoaín. Posteriormente, cuando la construcción del Malecón arribó a las inmediaciones de la Caleta de San Lázaro, el inmueble fue ampliado hacia la nueva avenida, en cumplimiento con lo exigido por las autoridades para completar la línea de fachadas. El edificio, demolido en la segunda mitad del siglo XX, es recordado por la historiografía por albergar en su planta baja el famoso y concurrido café Vista Alegre [4]. En el segundo nivel se encontraban las habitaciones con balcones y vista al mar. Tenía espacios amplios para parquear los automóviles y era accesible por tres frentes, contando dos de ellos, los correspondientes a Malecón y Belascoaín, con portales públicos.


De los años 20 a los 40

Al iniciarse la segunda década del siglo XX, con el conocido período de las “Vacas Gordas”3, se incrementó la afluencia de inversionistas, comerciantes, vendedores y agentes lo que condujo a un nuevo incremento de la demanda de capacidades de alojamiento en La Habana y en el interior del país [3]. Sin embargo, este apogeo de la actividad hotelera no alcanzó la franja del actual Malecón tradicional debido a que se concentró en otras zonas de la ciudad que resultaron más atractivas para el desarrollo inmobiliario.

Se puso de moda una tipología de hotel de cuatro o cinco pisos, con los dormitorios distribuidos alrededor de un patio central, generalmente cubierto. En la planta baja se ubicaba la recepción, el lobby, el bar, las oficinas de la administración y otros servicios públicos. El comedor se situaba en la última planta y los pisos intermedios se dedicaban a habitaciones, todas con su baño, agua fría y caliente y un teléfono por piso. Las fachadas tenían pequeños balcones que pertenecían a las habitaciones. Responden a esta tipología hoteles como el Lafayette y el hotel New York (figura 7).


Otro hecho histórico que generó auge turístico fue la aprobación, en 1920 en los Estados Unidos de la “Ley Seca”. Con ello se impulsó la introducción de otra tipología de hoteles, con ocho o diez pisos, planta rectangular y habitaciones situadas a ambos lados de un pasillo central, todas con vista al exterior. Con el empleo de esta tipología se construyeron hoteles como el Presidente (figura 8) y el Lincoln (figura 9). El desarrollo de construcciones hoteleras en la década de los años veinte comenzó a desplazarse de la zona del ring habanero hacia el Vedado, al convertirse este en la nueva área de la burguesía habanera y además facilitarse el uso turístico con la extensión del Malecón hacia esa zona de la ciudad.


Mientras la actividad hotelera avanzaba por el litoral hacia el oeste con establecimientos muy exclusivos, en el Malecón tradicional se edificaban otros hoteles que no pudieron equiparar su nivel de confort y renombre con el de sus antecesores, ni tampoco respondieron, tal vez por ser obras modestas, a las tipologías más novedosas. En 1946 se construyó el hotel Ocean, localizado en Genios y Malecón, a partir de un proyecto de los arquitectos Raúl Rodríguez y José Suárez. (figura 10) [9]. En la planta baja estaba el vestíbulo, la cocina, el pantry, el bar y el restaurant. En seis niveles se encontraban, inicialmente 45 habitaciones con baño. Sus fachadas resaltaban por su imagen sobria y sencilla, sin decoraciones ni ornamentos, en un frente marítimo hasta entonces absolutamente ecléctico. Por ello, es probable que constituyera la primera edificación de la zona con una imagen moderna. En el año 1947 se modificó el proyecto, ampliándose hacia el fondo del lote, con lo cual se añadieron cuatro habitaciones más por planta, alcanzando un total de 65 habitaciones y un nuevo local en planta baja. A su vez, en la fachada se mantuvo el mismo tratamiento. Medianero con el Ocean por la calle Genios, se localiza una pequeña edificación art decó de tres niveles, identificada como el otrora hotel Petit. (figura 11). Es posible deducir, que era de menor escala y confort que su vecino.


En 1948 se culmina el hotel Surf, emplazado en Malecón y Cárcel (figura 12). El proyecto de 16 habitaciones en tres niveles correspondió al arquitecto Raúl Rodríguez Sorá. Su aspecto más llamativo es el enchape cerámico de su fachada, motivo de comentarios de especialistas y público en general. En su expediente de construcción consta que los trabajos se paralizaron y se ordenó que se cubrieran los paramentos con materiales adecuados pues el enchape de “azulejos de baños y cocinas” se consideraba una infracción y un atentado contra el ornato público [10]. Ante esta demanda el arquitecto alegó que dichos azulejos eran fabricados por la compañía norteamericana Glint y se producían expresamente para emplearse en fachadas y frentes de establecimientos. El edificio tiene tres niveles, en la planta baja se ubicaban los servicios del hotel; en el primer y segundo pisos se encontraban las habitaciones, ocho por cada nivel y todas provistas de baño. En el último nivel existía una terraza con frente al Malecón de la cual se desconoce su función. Posteriormente el edificio se modificó y el área descubierta del tercer nivel se cerró, así como se incorporó a la instalación un edificio ecléctico medianero por Malecón. Ambas intervenciones recibieron el mismo tratamiento de fachada que el resto del inmueble.


Los edificios que ocupaban estos tres hoteles de menor categoría sufrieron, con el paso de los años, el mismo destino. Al dejar de funcionar como hospedajes asumieron la función residencial y comenzaron un acelerado proceso de deterioro por la sobreexplotación y la agresividad del entorno (figura 13).


El auge de los cincuenta

Los años cincuenta marcaron la consolidación del Vedado como una zona de la ciudad muy atractiva para el turismo internacional. Paralelamente hacia el oeste, en la otra ribera del río Almendares, el barrio de Miramar, en franca expansión después de la construcción en 1921 del Puente de Pote, daba sus primeros pasos como futura área de desarrollo hotelero.
En esta década se retomó el interés por el desarrollo del turismo asociado al juego como una actividad especialmente lucrativa. La dictadura de Fulgencio Batista junto a inversionistas extranjeros, incluso con la participación de connotados mafiosos norteamericanos, impulsaron la construcción de numerosos hoteles en un plan de convertir a La Habana en un centro de ocio y diversión similar a Las Vegas. El foco de atención de estas inversiones se centró en la línea costera comprendida desde La Habana hasta Varadero, en la provincia de Matanzas, en la que se pretendió crear un gran corredor de hoteles, casinos e instalaciones asociadas. [7]
Ese propósito se reflejó en el Plan Piloto para La Habana propuesto por el urbanista Josep Lluís Sert que planificaba a nivel urbano, entre otros aspectos, el desarrollo hotelero en la ciudad. Uno de los aspectos más controvertidos de esta propuesta fue la construcción de una “isla” artificial frente al Malecón tradicional destinada al ocio ante la demanda de los inversionistas de un nuevo emplazamiento para hacer proliferar casinos y hoteles. Esta nueva porción de terreno se planeó separada de la costa para conservar la línea litoral, siendo accesible a través de dos vías de acceso vehicular prolongando las calles Galiano y Belascoaín. [11]

Como ejemplos de este proceso especulativo, frenado con el triunfo de la Revolución, han llegado a nuestros días hoteles de arquitectura moderna como el Habana Libre (figura 14), el Riviera (figura 15), el Capri y el Deauville; los que evidencian el apego por la tipología de edificios altos. En estos años las instalaciones comienzan a equiparse con teléfono y aire acondicionado en las habitaciones, cabaret, casinos de juego, piscinas, canchas de hand ball, tiendas, agencias de viaje y parqueo para automóviles. Para el año 1959 el directorio hotelero contaba con 125 hoteles y 3 moteles de carretera con una capacidad total de 7 728 habitaciones de las cuales más de 4 000 se concentraban en la capital. [3]

Figura 14
Figura 15

El impacto de este auge constructivo en el Malecón tradicional no fue significativo, si se tiene en cuenta que apenas dos inmuebles fueron erigidos durante este periodo. Estas obras respondieron a la tipología de edificación en altura, por lo que su inserción marcó una ruptura con el perfil y la imagen urbana de la zona. En un contexto caracterizado por el predominio de edificios eclécticos de hasta tres niveles las nuevas torres de arquitectura moderna terminaron por ser asimiladas por el frente marítimo preexistente, pues agregaron hitos o puntos de énfasis en una silueta citadina poco accidentada.

Uno de los referidos edificios fue proyectado como hotel y casino. Al nuevo establecimiento, localizado en la estratégica parcela delimitada por Malecón, Galiano y San Lázaro, se le denominó hotel Deauville, nombre de origen francés alusivo a la relación de la ciudad con el mar (figura 16). La etapa de construcción del inmueble transcurrió entre los años 1956 y 1958, hasta concluir los catorce niveles y alcanzar los 45 m de altura desde el nivel de la calle[3]. Con ello se convirtió en el segundo edificio más alto del Malecón tradicional, solo superado por la torre de apartamentos enclavada en el número 51-53 de la referida avenida y conocida de forma popular por el diseño de sus balcones como “el edificio de los sarcófagos”.

Figura 16

El Deauville estuvo estrechamente relacionado con el negocio del juego, motivo por el que llegó a tener cuatro casinos que fueron cerrados al triunfo de la Revolución [4]. Su planta habitacional está compuesta por 153 habitaciones, por lo general de pequeñas dimensiones, y algunas con proporciones y geometrías poco favorables desde el punto de vista funcional (figura 17). Estas características responden a que la premisa fundamental de su concepción y por tanto la rentabilidad del hotel, radicaba en los casinos y las áreas públicas asociadas a los mismos. La distribución en planta de sus niveles habitacionales refleja el interés especulativo de obtener el mayor número de habitaciones posibles dentro del área disponible, en ocasiones en detrimento del nivel de confort.

Fgura 17

La concepción de la volumetría del edificio intentó responder, dentro de las limitaciones de área por lo reducido de la parcela, al esquema de torre-basamento, muy común en la arquitectura hotelera de la época. Del total de catorce niveles los primeros cinco conformaron un bloque horizontal con una ocupación casi total de la superficie del lote, mientras a partir del sexto piso se levantó la torre de habitaciones, orientada hacia la esquina de Malecón y Galiano, con un área que abarca alrededor de la mitad de la parcela.

El acceso público se dispuso hacia Galiano y el acceso de servicio hacia San Lázaro. En la planta baja se respetó el puntal tradicional de la zona con lo que se buscó en este aspecto armonizar con el contexto urbano. A su vez, los pisos superiores se planearon con puntales de alturas más bajas, propio de los códigos arquitectónicos modernos. En el primer nivel y el mezzanine se ubicaron las dependencias de servicios y algunas facilidades administrativas. En el diseño original se reservó un espacio de aparcamiento en el sótano, sin embargo, este uso cambió con posterioridad por la inserción de un club nocturno y algunos locales de servicio. En el último nivel del basamento se emplazó la piscina, con un bar y una parrillada. Su estética y funcionalidad se vio afectada por las embocaduras de los patinejos, que limitaron las circulaciones alrededor del espejo de agua y la relación de este con los servicios de apoyo. A pesar de contar con las más modernas tecnologías y facilidades del momento, las limitaciones del proyecto provocaron que la categoría de esta instalación no alcanzara los estándares de algunas de sus contemporáneas.

En el diseño de la envolvente de este edificio de arquitectura moderna se proyectaron franjas continuas de balcones macizos para fragmentar los planos de las fachadas y generar una textura de entrantes y salientes, en dependencia de la gama cromática empleada, muy cambiante a lo largo de su existencia por las sucesivas remodelaciones a la que se ha sometido. La imagen del inmueble, austera y en alguna medida anodina, evidencia un diseño carente de pretensiones y búsquedas expresivas, por lo que no constituye uno de los ejemplos arquitectónicos más relevantes de la época.

Miradas a otra parte

A partir del triunfo de la Revolución, como resultado de las profundas transformaciones económicas y sociales que vivió el país, se cambió radicalmente la concepción de las actividades turísticas y recreativas. Los casinos, asociados a las inversiones de la mafia norteamericana, fueron cerrados, hubo una disminución del turismo extranjero y una apertura al turismo nacional con lo se estimulaba el acceso masivo de la clase trabajadora a este tipo de servicios. Como parte de la estrategia del nuevo gobierno en esta esfera, se ejecutaron más de 140 centros turísticos de diversos tipos, fundamentalmente durante la década de los 60. Entre estos se encontraban diversas villas construidas en los litorales este y oeste de La Habana como parte de un ambicioso plan de playas populares y en Varadero alrededor de 400 apartamentos, cabañas y un edificio de 8 000 taquillas para visitantes de un día. [12]

En los años que siguieron aumentó la prioridad a otros programas constructivos considerados de mayor impacto social tales como: la vivienda, los centros educacionales, las instituciones de salud y las industrias. La construcción de hoteles en la capital estuvo estancada y se concentraron las inversiones en el interior del país para dar respuesta al déficit de este tipo de instalaciones.

En la década de los setenta se adoptaron como premisas fundamentales de diseño que el número de habitaciones no debía excederse de trescientas y que los proyectos debían ser repetibles en diferentes contextos. Siguiendo estos criterios se erigieron, durante este decenio, 35 instalaciones, con un total de 5 000 habitaciones, los cuales de acuerdo con su localización y función específica asumieron diversos parámetros dimensionales y de servicios [13]. Al mismo tiempo, se construyeron en el país plantas de diferentes sistemas de prefabricación. Uno de estos fue el Girón diseñado para la construcción de escuelas, pero que se utilizó también en instalaciones turísticas. Entre los proyectos realizados con esta tecnología, se encuentra el hotel Marazul (figura 18), actual Tropicoco, en La Habana y el Pasacaballos, en Cienfuegos, ambos diseñados por el arquitecto Mario Girona, en los cuales se combina el sistema Girón con elementos de hormigón in situ, con lo que se pretendió enriquecer la expresión volumétrica y espacial. Otro ejemplo del empleo de la prefabricación fue la construcción del hotel Tritón con motivo de la celebración de la VI Cumbre de Países No Alineados, en el cual se empleó el sistema constructivo de moldes deslizantes.

Figura 18

Entre las décadas del setenta y el ochenta del siglo XX, la mayoría de los edificios hoteleros heredados del período republicano sufrieron la falta de mantenimiento, unido al deterioro del paso del tiempo y la explotación de las instalaciones. Como resultado, los hoteles con más años de uso, ubicados mayoritariamente en la zona de los actuales municipios Habana Vieja y Centro Habana y en su mayoría con tecnologías y sistemas constructivos que habían rebasado ampliamente su vida útil, fueron cerrados, con lo que se inició un acelerado proceso de deterioro. Muchos se convirtieron en edificios de viviendas o ciudadelas, con los consiguientes daños y pérdidas de sus valores originales, así como inadecuadas modificaciones.
El Malecón tradicional no escapó a este proceso degenerativo, más bien fue una de las áreas de la ciudad que más lo sufrió. Hoteles modestos como el Ocean, el Surf y el Petit fueron cerrados y transformados en viviendas, mientras solo el Deauville, de más reciente construcción y mejor estado técnico, se mantuvo en funcionamiento. En este caso, en el deterioro de los inmuebles de la zona influyeron además, factores ambientales asociados a la proximidad al mar y al impacto de fenómenos meteorológicos.

Un posible renacer

A inicios de la década del noventa la ciudad contaba con la mitad de las capacidades de alojamiento que tenía en 1959 [14]. A partir de esta década, con el derrumbe del campo socialista, la crisis económica y la consiguiente apertura a la inversión extranjera, el turismo se convirtió en una actividad económica prioritaria. Para satisfacer las nuevas demandas, se construyeron nuevos hoteles en las zonas ya consolidadas del Vedado y Miramar tales como el Cohíba (figura 19), el Meliá Habana, el Occidental Miramar y el Panorama. Algunos respondieron, a proyectos importados y a la tipología de edificio en altura. En el interior del país, se potenció el turismo de sol y playa, en polos establecidos como Varadero y otros incipientes como los cayos de la costa norte, en los que predominó el modelo de edificaciones dispersas.

Figura 19

En la década del 90, se empezaron a crear las empresas mixtas con capital extranjero, lo que provocó el surgimiento de las denominadas “inmobiliarias”, proyectos de edificios de apartamentos de alquiler para extranjeros residentes por un determinado período de tiempo. La mayor parte de estos inmuebles se emplazaron en Miramar y otros barrios del oeste, en las proximidades de los principales centros comerciales, de negocios y convenciones del país.
Al mismo tiempo, en la parte más antigua de la ciudad, tomaba fuerza la rehabilitación del fondo construido y la consolidación de la zona como punto de interés para el desarrollo del turismo; procesos que venían dando sus primeros pasos desde años precedentes. Desde 1982 La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones fueron inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial, punto de partida para su reconocimiento como Zona Priorizada para la Conservación en 1993 y Zona de Alta Significación para el Turismo en 1995 [15]. Desde entonces, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana ha sido respaldada por un fuero legal especial que entre otros poderes, le otorgó capacidades de autofinanciamiento para sustentar el proceso de rehabilitación del Centro Histórico, mediante la creación de fuentes generadoras de ingresos, tales como servicios gastronómicos, comerciales y de alojamiento. De esta forma, se abrieron hoteles para el turismo internacional, que respondieron a un nuevo tipo de instalación, de pequeña escala, en algunos casos clasificados como hostales; (figura 20) los cuales surgieron a partir de la rehabilitación y refuncionalización de inmuebles de alta valor histórico, así como del rescate de hoteles abandonados. Con esta estrategia se persiguió el objetivo de obtener beneficios económicos sacando partido del atractivo turístico de estos edificios, por medio de la conservación y potenciación de sus valores patrimoniales.

Figura 20

En los años 90, el área de competencia de la Oficina del Historiador se extendió a la franja del Malecón tradicional, al reconocerse los extraordinarios valores de la zona y la necesidad de salvarlos. La creación de la Oficina de Rehabilitación del Malecón en 1994, llevó a la conformación de un equipo multidisciplinario para la intervención en el Malecón tradicional. Uno de sus principales objetivos fue la elaboración de un plan urbano que detectara las problemáticas del área de estudio y una estrategia y propuesta para su desarrollo. Surgió así el Plan Especial de Rehabilitación Integral del Malecón (PERI), el cual entre otros objetivos se planteó recuperar la función turística recreativa [15]. Desde entonces, de forma gradual, con interrupciones y demoras por dificultades esencialmente económicas, se han rehabilitado algunas edificaciones y otras, por desgracia, se han perdido. Además, nuevas viviendas y servicios se han erigido en las parcelas vaciadas por el colapso de varios inmuebles.
En fecha reciente, como resultado del plan de inversiones de la Oficina del Historiador de La Habana para el Malecón tradicional, se produjo la apertura de la primera instalación hotelera en muchos años, el hotel Terral. Se trata de un edificio de nueva planta de cuatro niveles, en el cual resaltan los sugerentes diseños de sus espacios interiores, así como una fachada al mar, de expresión contemporánea, en la que se insertan paneles de cierre, independientes de la carpintería, a modo de “doble piel”, como solución de proyecto para adaptarse a la agresividad del medio y la vulnerabilidad ante los embates del mar y el viento (figura 21).

Figura 21

Para la estratégica esquina de Malecón y Paseo del Prado, una de las parcelas más codiciadas para las nuevas inversiones hoteleras, se han realizado varios proyectos que no han rebasado la fase de ideas conceptuales. Uno de estos, sin lugar a dudas el más osado y atractivo desde el punto de vista expresivo, es el del equipo liderado por el reconocido arquitecto cubano José Antonio Choy. En su diseño se apuesta por la creación de un hito urbano, por el crecimiento en altura en la esquina, probablemente uno de los temas más debatidos de su propuesta, y por una expresión contemporánea que tiene en cuenta en sus soluciones de diseño las potencialidades paisajísticas y los riesgos ambientales del emplazamiento. Los valores estéticos y funcionales de este proyecto le valieron su selección para representar a Cuba en la XIII Bienal de Arquitectura de Venecia, al ser considerado uno de los proyectos más relevantes a escala mundial en el año 2012. [16]

La extraordinaria significación del Malecón tradicional para la ciudad amerita la inclusión de proyectos de arquitectura de vanguardia que puedan cualificar su imagen urbana y a su vez reavivar el frente edificado, que a pesar del estado ruinoso de algunos fragmentos sigue siendo una de las más bellas postales de La Habana. 

Conclusiones
Las instalaciones de alojamiento nacieron en el Malecón desde su surgimiento, a pesar de no haber sido una de las zonas citadinas más activas en cuanto a la actividad hotelera (figura 22).

Figura 22

En las últimas décadas del siglo XX, con el deterioro, cierre y transformación en viviendas de la mayor parte de las instalaciones, el hospedaje prácticamente desapareció del Malecón tradicional. Sin embargo, un posible resurgimiento de esta actividad se vislumbra con las recientes acciones de rehabilitación urbano-arquitectónica previstas para la zona. En ellas se han contemplado la reinserción de este tipo de función en aras de potenciar la vocación turística y recreativa, que le han conferido sus innegables valores urbanos y paisajísticos. Por lo que no cabe duda que para asegurar el futuro de este pedazo del “balcón de La Habana”, la creación de una amplia gama de servicios incluidos los de alojamiento, constituye una estrategia viable e imprescindible.

REFERENCIAS
1. PEDROSO ALÉS, Arturo A. “Las hospederías habaneras en el siglo XIX”. Palabra Nueva. 2011, Año 20, No. 210, p. 24.
2. DE LAS CUEVAS, Juan. “Los hoteles en la Cuba colonial”. Obras. 2001, Año 5, No. 17, p. 36-38.
3. DE LAS CUEVAS, Juan. 500 años de construcciones en Cuba. Madrid: Editorial Chavín, 2001
4. REY, Gina. Centro Habana. Un futuro sustentable. La Habana: ISPJAE. Facultad de Arquitectura, 2009. ISBN: 978-959-261-289-1
5. MARTÍN, María Elena y RODRÍGUEZ Eduardo Luis. La Habana: Guía de Arquitectura. Sevilla: Junta de Andalucía, 1998.
6. PEDROSO ALÉS, Arturo A. Hotel y restaurant Miramar [documento electrónico]. La Habana: Oficina del Historiador de la Ciudad, 2009.
7. CASTELLANOS RUBIO, Alina. “De La Habana ocupada a Las Vegas del Caribe. Evolución de la arquitectura hotelera en La Habana entre 1902 y 1958”. Tutora: Lic. Kirenia Rodríguez. Tesis de Grado. Universidad de La Habana. Facultad de Artes y Letras, La Habana, 2011.
8. Manhattan. Periódico El Fígaro. 1910, Enero.
9. ARCHIVO HISTÓRICO DEL MALECÓN TRADICIONAL. Expediente del Inmueble sito en Malecón 69, Hotel Ocean. [inédito]. Biblioteca Fernando Salinas, Caja 6.
10. ARCHIVO HISTÓRICO DEL MALECÓN TRADICIONAL. Expediente del Inmueble sito en Malecón 31-33, Hotel Surf. [inédito]. Biblioteca Fernando Salinas, Caja 18.
11. GÓMEZ, Francisco. “De Forestier a Sert. Ciudad y arquitectura en La Habana de 1925 a 1960”. Tutor: Dr. Enrique de Haro Ruiz. Tesis de Grado. ISPJAE, La Habana, 2007.
12. VEULENS, María Regla y MESA, Emilia: Arquitectura hotelera en la Revolución Cubana. La Habana: Biblioteca de la UNAIC, 2004.
13. SEGRE, Roberto: Arquitetura e Urbanismo da Revolução Cubana. São Paulo: Livraria Nobel, 1986.
14. BALLESTÉ QUINTERO, Joel. “Hoteles Turísticos en Ciudad de la Habana”, Planificación Física. Cuba. 1989, No. 2, p. 65-73.
15. OFICINA DEL HISTORIADOR DE LA CIUDAD DE LA HABANA. Plan Especial de Desarrollo Integral (PEDI), Plan Maestro para la Rehabilitación Integral de la Habana Vieja. La Habana: Oficina Del Historiador de la ciudad de La Habana, 2011.

Citas
1 En este caso cuenta con portales públicos por tratarse de una calle clasificada como “de primer orden”.
2Se refiere al eje longitudinal definido por las calles Monserrate, Zulueta y Paseo del Prado, espacio anteriormente ocupado por la muralla de La Habana y su glacis.
3 Se corresponde con los años 1920 y 1921, cuando el azúcar en el mercado internacional alcanzó altos precios.

  
Rolando Lloga Fernández. Arquitecto. Docente de la Disciplina de Teoría e Historia de la Arquitectura. Facultad de Arquitectura, Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría.
Olivia Sánchez Martínez. Arquitecta. Docente de la Disciplina de Diseño y Acondicionamiento Ambiental. Facultad de Arquitectura, Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría.
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