Plan Piloto de La Habana, 1956

Por: Rafael Fornés

Hace ya más de medio siglo que se confeccionó el último plan urbano para La Habana. Fulgencio Batista y su antecesor el general mambí Gerardo Machado contratan los servicios de los más destacados urbanistas contemporáneos y cimientan una importante tradición de excelencia cívica y urbana. Machado en los 30’s a través de su secretario de obras públicas Carlos Miguel de Céspedes, alias “el dinámico”, contrata al paisajista francés Jean Claude Nicolás Forestier. Fulgencio en la modernidad de los 50’s contrata al importante arquitecto catalán Josep Lluis Sert que había trabajado con Le Corbusier en su atelier de la Rue de Sevres 35 de Paris. Sert elabora el Havana Master Plan en colaboración con Paul Lester Wiener y Paul Schulz en 1956. Por la República de Cuba participan en su confección los arquitectos Nicolás Arroyo, Ministro de Obras Públicas del gobierno de Batista y el talentoso arquitecto Mario Romañach.


El Havana Pilot Plan fue Made in USA con etiqueta de Harvard. Sert consiguió ser decano allí cuando se le negó la practica en Cuba sin revalida. Quizas molesto con los habaneros por aquello o en un inexplicable ataque de amnesia el gran arquitecto olvidaba analogías esenciales entre La Habana y su nativa Barcelona. Seguía fielmente los más ortodoxos postulados del CIAM legitimados por Le Corbusier a través de la revista de l’Espirit noveau y sus tomos de la O’euvre complete. A la par Lucky Luciano y Meyer Lamsky preparaban una trascendental operación de bienes raíces en La Habana. En el filme Lost City de Andy García; Dustin Hofman personifica muy bien el personaje del mafioso judío.


En el ambiguo plan un nuevo y modernista Palacio Presidencial se posaba sin miramientos sobre la sagrada Akropolis habanera justo entre los Tres Reyes del Morro y San Carlos de la Cabaña.
El arquitecto Mario Romañach proyectaba un monumental “Palacio de las Palmas” configurado por un cuadrado de hormigón armado de 500 pies de base con 70 pies de altura y auras de Chandigarh. El edificio proyectado era de escala mayor que la Casa Blanca, el palacio de Buckingham y el Palacio Real de Madrid. El plan maestro continuaba con un impreciso esbozo de áreas verdes y vulgares High-rises sobre el Malecón.


Proponía ademas una rectangular isla artificial sobre el mar de 2,500 pies de largo por 100 de ancho conectándola a tierra firme con la prolongación de dos stoas habaneras; las Calzadas porticadas de Galiano y Belascoaín. Destruía las visuales de las quince manzanas del histórico Malecón habanero. Lo más brutal era lo destinado a la colonial Habana Vieja. La lenteja intramuros era quebrantada en cuatro sectores mediante una red de innecesarios highways. La Avenida del Puerto y las calles Muralla y Habana se convertían en importantes vías de tránsito rápido. Cuatrocientos años de historia y más de 900 edificios históricos desaparecerían por decreto. Sobrevivían tímidamente los conjuntos de la Plaza de la Catedral y de Armas; y los conventos de San Francisco, Belén, Merced y Santa Clara exclusivamente. Partiendo de éste último y a lo largo y ancho de las calles Habana, Cuba y Aguiar, se ubicaban la zona bancaria, y oficinas y comercios mediante la construcción de edificios anónimos de gran altura. Todo el tejido histórico y sus variadas y sofisticadas tipologías de patios se travestían en cul-de-sacs con un tímido arbolado para enmascarar los estacionamientos de automóviles.
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